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Aston Villa regresa a la Champions League: éxito y desafíos financieros

Aston Villa está de vuelta donde duele y donde paga: la Champions League. El 4-2 del viernes ante el Liverpool campeón del curso pasado no fue solo una goleada, fue una declaración. Unai Emery ha devuelto al club a la mesa grande de Europa y, de paso, ha cerrado una herida que llevaba un año supurando.

De Old Trafford a la redención

La temporada anterior, Villa se quedó fuera del top cinco por diferencia de goles. El golpe definitivo llegó en Old Trafford: un error del árbitro Thomas Bramall negó el gol inicial a Morgan Rogers ante el Manchester United, el equipo acabó perdiendo 2-0 y Emiliano Martínez vio la roja. Aquella tarde dejó algo más que un resultado. Dejó la sensación de una oportunidad robada.

Doce meses después, la respuesta ha sido brutal. Villa no solo ha asegurado plaza de Champions, ha adelantado al propio Liverpool para instalarse en la cuarta posición y se ha marchado del alcance del Bournemouth, sexto. La herida ya tiene cicatriz.

Ahora el calendario marca en rojo Estambul y la final de la Europa League ante el Freiburg. Pero el contexto es claro: Villa lleva en puestos de Champions desde noviembre y, aun así, sigue siendo el gran “sobreintérprete” de la Premier League.

El equipo que desafía a las matemáticas

Los números de Opta son contundentes: según la tabla esperada, el Villa debería estar duodécimo. En la realidad, está ocho puestos por encima y con 15 puntos más de los que le corresponderían. Ningún otro equipo de la liga inglesa se aleja tanto de su rendimiento previsto. Solo Sunderland y Everton superan por más de dos posiciones lo que marca el modelo, pero ninguno se acerca al salto de los de Emery.

El ataque, visto en frío, no impresiona. 54 goles, séptimo mejor registro del campeonato, por detrás incluso del Chelsea, que va décimo con 55. 471 remates, apenas el noveno equipo que más tira, por debajo de todos los integrantes del top seis… y también del Chelsea.

En disparos a puerta, la foto es similar: octavos, por detrás del resto del top seis, de Brighton y de Newcastle United. La diferencia está en la puntería. Con una tasa de conversión del 11%, solo Brentford (14%), Manchester City (13%) y Arsenal (13%) afinan más.

En términos de xG, solo Tottenham (+8,33) supera al Villa en sobreproducción ofensiva. El equipo de Emery acumula un xG de 46,42 y ha marcado 7,58 goles más de los esperados. Lo llamativo es que lo hace con una base estadística mucho más modesta que sus rivales directos: todos los equipos del top seis, salvo ellos, superan los 58 goles esperados.

Hay un dato que explica parte del truco: los disparos lejanos. 15 goles desde fuera del área, un 28% del total de sus tantos en liga. Solo Bournemouth (21%) y Fulham (21%) superan el 20% en ese apartado, pero nadie se acerca a la dependencia del Villa de los misiles desde media y larga distancia.

Paradójicamente, cuando las ocasiones son claras, el equipo se encoge. Ha generado 84 “big chances” y solo ha convertido 24. Un 29% de acierto, el peor porcentaje de toda la Premier. El contraste lo marca Nottingham Forest, que transforma un 46% de sus oportunidades claras, el mejor registro del campeonato.

Y mientras lidia con esos márgenes finísimos, Emery ha llevado al equipo hasta su primera gran final europea desde la Copa de Europa conquistada en 1982. Jueves y domingo, sin excusas.

Emery, exigencia máxima con el freno de mano echado

“Soy muy exigente. Competir jueves y domingo no son excusas”, repite Emery. Tres años de trabajo, objetivos cumplidos de forma casi sistemática y un mensaje constante: se puede mejorar. Se debe mejorar.

El técnico insiste en construir un camino propio, adaptado a las posibilidades del club, pero con la mira puesta en los gigantes de la Premier y de Europa. Habla de equilibrio, de capacidad competitiva, de un plan. Y lo hace con una realidad incómoda de fondo: ha tenido que maniobrar con restricciones que otros aspirantes a la Champions ni huelen.

Desde su llegada en 2022, solo Wolves, Brentford, Brighton y Everton presentan un gasto neto inferior a los 73,5 millones de libras del Aston Villa. No es una decisión deportiva, es una obligación contable. El club camina sobre la cuerda floja del Profit and Sustainability Rules (PSR), las normas de beneficio y sostenibilidad, y cada movimiento tiene consecuencias.

Ventas dolorosas, cuentas al milímetro

La escena es elocuente. Mayo de 2024, cena de final de temporada, la plantilla celebrando el regreso a la Champions. Mientras tanto, Unai Emery y el responsable de operaciones de fútbol, Damian Vidagany, sentados, preocupados. La pregunta no era qué rival les esperaba en Europa. Era cómo evitar un incumplimiento del PSR.

La respuesta llegó a toda prisa: venta de Douglas Luiz a Juventus por 43 millones de libras. Antes, Jacob Ramsey había salido rumbo a Newcastle por 40 millones. Y ya se asume dentro del club que este verano otro nombre importante podría abandonar Villa Park.

En ese contexto, el crecimiento de Morgan Rogers es un arma de doble filo. Llegó desde Middlesbrough por 16 millones hace dos años y su rendimiento lo ha disparado en el escaparate. Un gran Mundial con Inglaterra permitiría al Villa pedir una cifra cercana a los 100 millones. Clasificarse para la Champions refuerza la posición negociadora, pero no elimina la lógica del sistema: vender una estrella por año sigue siendo la vía más sencilla para cuadrar los números.

Los resultados económicos explican por qué este torneo es vital. En 2024-25, la temporada con Champions, el club declaró un beneficio de 17 millones de libras. El curso anterior, sin esa competición, el balance fue una pérdida cercana a los 90 millones. Y un año antes, en 2022-23, el agujero se fue hasta los 120 millones.

La reacción ha sido clara: disparar los ingresos. La facturación ha subido hasta los 378 millones, ayudada por una política agresiva de precios que ha incomodado a parte de la afición, pero que ha dado oxígeno a las cuentas.

Villa Park crece mientras el mercado se endurece

El club ya ha empezado las obras de reconstrucción del North Stand. La previsión es que estén terminadas a finales del próximo año y eleven la capacidad de Villa Park por encima de los 50.000 espectadores. El nuevo espacio de ocio Warehouse, dentro del estadio, ya está terminado. Todo pensado para exprimir al máximo el día de partido y acercarse, en ingresos, a los rivales directos de Champions.

Ni siquiera eso ha evitado escenas de impotencia en el mercado. La operación por Conor Gallagher es un ejemplo claro: meses trabajando el fichaje y, cuando llegó la hora de poner el dinero sobre la mesa, Tottenham fue quien pudo asumir el coste y llevarse al centrocampista de Atlético de Madrid. Villa se quedó mirando.

El club no oculta su malestar con el marco regulatorio. La Premier League ha aprobado el cambio hacia un sistema de “squad-cost ratio” (SCR) a partir de la próxima temporada, que permitirá destinar hasta el 85% de los ingresos a costes de plantilla. Uefa, en cambio, mantiene su límite del 70% para competiciones europeas. Vidagany ha defendido públicamente la necesidad de una regulación financiera, pero también ha señalado que la coexistencia de reglas distintas en el ámbito doméstico y europeo genera tensiones difíciles de gestionar.

En otras palabras: Aston Villa ha competido con el freno de mano puesto.

Un gigante medio encadenado… y otra vez en Champions

Ahora, por segunda vez en tres años, la clasificación para la Champions League promete aflojar esas cadenas. Más ingresos, más margen, más poder de negociación. Menos miedo a cada auditoría.

El mérito es evidente: un equipo que, según las métricas, debería navegar por la mitad de la tabla, se ha instalado entre la élite, ha alcanzado una final europea y ha sostenido el pulso de la temporada mientras vendía piezas clave para sobrevivir al reglamento.

La pregunta, a partir de aquí, es otra. Si el Aston Villa ya ha llegado tan lejos con la calculadora clavada en la nuca, ¿hasta dónde puede llegar cuando, por fin, pueda correr sin mirar cada paso al libro de cuentas?