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El Tri en el Mundial: presión y esperanza para México

La presión no se mide en puntos ni en goles. En México se mide en décadas de frustración. El Tri llega a este Mundial con una consigna que suena a obligación más que a objetivo: salir del grupo. Y, si es posible, hacerlo como líder para esquivar a los gigantes hasta octavos. Todo lo que sea menos que eso se sentirá como un fracaso más en una historia que ya pesa demasiado.

Aguirre, tercera vida al mando

En el banquillo, un rostro conocido. Javier Aguirre dirige su tercer Mundial con México, en una especie de última vuelta antes de ceder el testigo a su asistente, Rafa Márquez. El currículum de ‘El Vasco’ es intachable en títulos de selecciones: dos veces campeón de la Gold Cup. Su relación con la grada, no tanto.

Se le acusa de ser demasiado prudente, de priorizar el orden sobre el espectáculo, de elegir “sus” jugadores por encima de los favoritos del público. Y, fiel a su estilo, vuelve a construir su lista con una base sólida de Liga MX. Incluso antes de que terminara el torneo local, ya había 12 futbolistas del campeonato doméstico en la concentración preliminar. Después se sumaron las figuras que militan en Europa, pero el esqueleto del equipo sigue siendo muy mexicano en origen y carácter.

Una defensa de hierro y un mediocampo obrero

Si México tiene un punto de partida fiable, está atrás. La zaga se sostiene sobre una pareja central que transmite seguridad: Johan Vásquez y César Montes. Físicos, serios, acostumbrados a escenarios de alta exigencia. Sobre ellos se levanta una selección que no se puede permitir desajustes.

En el mediocampo, el trabajo se reparte con precisión. Álvaro Fidalgo aporta criterio, pausa y primer pase limpio. A su lado, el joven Obed Vargas representa el relevo generacional: energía, recorrido y valentía para pedir la pelota en zonas calientes. Por detrás de todos, Edson Álvarez, el capitán, llega tras una temporada castigada por las lesiones, pero presente. Su sola figura ordena, corrige y marca jerarquías.

La otra cara de la moneda está en los ausentes. Nombres que en otros ciclos parecían intocables, como Diego Lainez o Chucky Lozano, se han quedado fuera. Una decisión que define el momento: Aguirre apuesta por un grupo distinto, menos condicionado por las viejas etiquetas de “promesa eterna” o “estrella indiscutible”.

Ochoa y Jiménez, los últimos tótems

Arriba, México presume de variedad, pero solo uno manda. Raúl Jiménez sigue siendo la referencia absoluta. A sus 35 años y desde el Fulham, llega como figura indiscutible tras un 2025 que lo vio firmar 9 de los 22 goles del equipo en los dos títulos levantados ese año. Cuatro Mundiales en las piernas, un país entero mirándolo como si fuera el último gran nueve de su generación.

La temporada gris de Santiago Giménez en el AC Milan solo ha reforzado ese liderazgo. No hay debate real. Si México marca la diferencia en el área rival, casi siempre pasa por los botines de Jiménez.

En el otro extremo del campo, la leyenda se niega a apagarse. Guillermo Ochoa, que parecía ya fuera del radar de la selección, vuelve a escena. La lesión de Luis Malagón le abrió una puerta que muchos creían cerrada para siempre. Ahora, el arquero puede disputar su sexto Mundial consecutivo, un hito que lo pondrá en la misma línea histórica que Lionel Messi y Cristiano Ronaldo en esta edición.

Ochoa no es solo un portero. Es una memoria viva de las noches en las que México rozó la hazaña y se quedó a un paso. Su presencia en el vestuario encarna la mezcla de nostalgia y urgencia que rodea a este grupo.

La chispa de un niño: Gilberto Mora

Y en medio de tanta experiencia, aparece un chico de 17 años al que ya miran como si fuera distinto a todos. Gilberto Mora llega como la gran incógnita… y la gran esperanza. Volvió hace poco de una lesión que lo apartó buena parte de la temporada de Liga MX con Tijuana, pero ni eso ha rebajado el ruido a su alrededor.

Mora es un mediapunta con instinto de creador, de esos que piden la pelota donde otros miran hacia atrás. En el último tercio del campo, ve líneas de pase que no existen para el resto. Ya está rompiendo récords de precocidad en el fútbol mexicano y los grandes clubes europeos han tomado nota. Varios preparan el movimiento para llevárselo al otro lado del Atlántico.

En una selección que a menudo sufre para generar ocasiones claras, la responsabilidad de encender la luz puede caer sobre sus hombros adolescentes. No es solo una cuestión táctica, es emocional: México lleva años buscando un futbolista capaz de cambiar partidos con una sola decisión en tres cuartos de cancha. Mora parece hecho para ese papel.

Un país en vilo

El Tri viaja con una mezcla explosiva: veteranos que ya lo han visto todo, jóvenes que quieren comerse el mundo y un técnico que vive su última gran función con la selección. El mínimo es pasar de grupo. El sueño, romper de una vez por todas la maldición de los octavos.

En un plantel donde el peso de Raúl Jiménez, la eternidad de Guillermo Ochoa y la irrupción de Gilberto Mora marcan los extremos generacionales, México se asoma a otro Mundial con la misma pregunta de siempre.

¿Será esta, por fin, la vez que el país deje de hablar de una maldición y empiece a escribir una nueva era?