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Liverpool y la despedida de Robertson y Salah: un nuevo comienzo

La voz que sale del vestuario de Liverpool mezcla alivio, cansancio y una determinación casi tozuda. La temporada ha sido una montaña rusa, pero el balance tiene un dato que lo sostiene todo: el equipo estará en la próxima Champions League.

“Ha sido arriba y abajo. Claro que sí”, resume el jugador. Partidos grandes ganados, derrotas que dolieron, rachas que se cortaban justo cuando parecían despegar. Nada lineal. Nada sencillo. Pero el billete a la máxima competición europea lo cambia todo en Anfield: “Lo importante ahora es que estamos en la Champions League”.

Un adiós que duele… y que obliga

El día que se sella la clasificación no es solo deportivo. Es también un golpe emocional. Andrew Robertson y Mohamed Salah se marchan. Dos pilares del ciclo reciente, dos figuras que, para los más jóvenes del vestuario, han sido algo más que compañeros.

“La pareja es increíble. Han ganado todo en el club, me han ayudado desde que era un niño, han ayudado a todo el equipo”, admite. No es un tópico. Se le nota el peso de la despedida. “Verlos irse es triste. Pero estoy contento de que se hiciera… aunque solo fuera con un empate, nos clasificamos también. Fue un día emotivo. Y, al mismo tiempo, importante para nosotros, para el club y para los aficionados”.

Detrás de cada nombre, una forma distinta de liderazgo. Salah, el ejemplo silencioso. “Mo siempre lideró siendo profesional. Era el primero en el gimnasio y el último en salir”. No solo eso. En los momentos en que las lesiones apretaron, el egipcio dio un paso más. “Hubo un tiempo en el que yo estaba sufriendo con lesiones, y Mo me dejó usar a su fisio personal fuera del club. Le respeto aún más por eso”.

Robertson, en cambio, fue otra cosa. Más cercano, más directo. Más duro también. “Robbo fue de los primeros que estuvo ahí cuando yo subí al equipo siendo un crío. Siempre me ayudó. Siempre decía que el talento estaba ahí, que la capacidad estaba ahí, pero que tenía que trabajar más. Y fue duro conmigo”. Tanto, que en algún momento la línea se confundió. “Hubo veces en las que pensé que era algo personal. Pero cuanto más mayor, más maduro y más sabio me hice, entendí que siempre era con cariño y que quería verme triunfar”. Entre los dos han levantado, moldeado y protegido a una generación.

El legado: estándares y familia

La marcha de Robertson y Salah no solo abre un hueco en el once. Abre un vacío de referencia. La pregunta es inmediata: ¿quién recoge ahora ese testigo? La respuesta, sin dudar: el grupo entero.

“Desde que llegué, los estándares ya estaban fijados y tenías que obedecer las normas. Tenías que creer en lo que representaban los chicos”. No se trataba solo de correr más o de presionar mejor. Había algo más profundo. “Eso era trabajar duro cada día… y verlo más como algo de familia. Eso es algo grande que siempre he dicho de este club”.

Lo repite con insistencia: familia. No es una palabra ligera en un vestuario que ha pasado por todo en un solo curso. “Empezó con esos chicos que ahora se van. No es solo un equipo de fútbol, es más como una familia. Pasas por tus altos y bajos y, cuando miras a la izquierda y a la derecha, siempre están esos chicos en los momentos más duros. En los buenos también. Es importante que lo mantengamos ahora”.

Porque los nombres cambian, pero el estándar no puede caer. Esa es la línea roja.

El golpe más duro: perder a “un hermano”

En medio de una campaña ya complicada, llegó el mazazo que lo trastocó todo: la pérdida de Diogo Jota. No fue solo un futbolista menos en la rotación. Fue un vacío emocional.

“Ha sido el momento más duro. Perdimos a uno de nuestros hermanos, una parte grande de nosotros”, confiesa. La descripción va más allá del tópico: “Era una ayuda enorme cada día. Era increíble como ser humano e increíble como jugador”.

En el campo, la confianza en él era casi instintiva. “En partidos como ese, siempre pensaba: si le doy el balón, va a ir, va a marcar al final y nos va a sacar del apuro cuando estamos en problemas”. Al hablar de él, la voz se quiebra: “Estoy aquí ahora y lo siento dentro, me siento emocional cuando hablo de esto. Tal y como era en el día a día, fue una ayuda enorme… y luego lo perdemos”.

A ese golpe se le sumó la inestabilidad deportiva. “Fue duro y, después, empezamos bien. Luego entramos en una mala racha, volvimos, y otra vez una mala racha”. Un año entero a tirones, sin continuidad, con la sensación permanente de ir contracorriente.

Champions, cicatrices y un futuro que reclama respuesta

Pese a todo, el vestuario no se rompió. Ahí vuelve la idea de familia. “Lo importante es que este club es enorme por mantenerse como uno solo. Nuestra familia y los aficionados siempre están ahí”. En un curso de altibajos, ese vínculo ha sido el ancla.

La clasificación para la Champions League no borra las cicatrices, pero les da sentido. Marca un punto de apoyo. “Es importante que hayamos entrado en la Champions. El año que viene será emocionante otra vez”. Los fichajes ya no son recién llegados, ya han pasado por el fuego. “Los chicos que hemos traído han jugado suficientes partidos como para sentir que forman parte de esto. Veremos lo mejor de ellos”.

El mensaje final no suena a consigna vacía, sino a desafío interno: “Estoy ilusionado, y la próxima temporada debería ser grande. Podemos dejar todo esto atrás, salir, disfrutar y jugar libres”.

La pregunta ya no es qué tan dura fue esta temporada. La verdadera cuestión es qué hará este grupo, sin Robertson ni Salah, con todo lo que ha aprendido a base de golpes cuando el balón vuelva a rodar en Europa.