El Mundial enfrenta caos antes de comenzar
El Mundial aún no ha empezado y ya va perdiendo
El Mundial ha aterrizado otras veces en territorios polémicos. No es nuevo. Pero lo que rodea a esta edición tiene un tono distinto: no es solo incomodidad, es desorden. Es una sensación de caos que se cuela por todas las rendijas del torneo antes de que ruede el primer balón.
El caso más llamativo, y el que ha encendido muchas alarmas, es el de Omar Artan. El colegiado ha sido rechazado en la frontera de Estados Unidos y se ha quedado fuera del campeonato. No habrá Mundial para él. Un golpe duro para el propio árbitro y un bochorno para la organización, que ve cómo uno de sus jueces designados ni siquiera puede pisar el país anfitrión.
A ese episodio se le suma otro que ha levantado indignación en el mundo árabe: el delantero iraquí Aymen Hussein habría sido retenido durante siete horas en aduanas esta misma semana. Siete horas para un futbolista que llega a disputar el torneo más grande del planeta. Siete horas que alimentan la sensación de que algo no está bien en la maquinaria que debería estar perfectamente engrasada.
Y luego están las entradas. Siempre las entradas. Los precios han disparado la preocupación de aficionados y analistas. No se trata solo de que sean caras; se habla de que están expulsando a los hinchas de siempre, a los que convierten un Mundial en una fiesta global. El torneo más grande del mundo corre el riesgo de jugarse ante gradas llenas, pero vacías de alma.
Alan Shearer no se ha mordido la lengua. En el podcast The Rest Is Football, el exdelantero de la selección inglesa ha puesto palabras a lo que muchos piensan: esta acumulación de problemas extradeportivos supera todo lo que recuerda antes de una Copa del Mundo.
“Es una imagen horrible. Es una imagen terrible”, ha sentenciado, aludiendo a la combinación del caso Artan, la política de precios y el clima general alrededor del campeonato.
Para Shearer, las entradas no solo son un tema económico, sino una cuestión de identidad del torneo: están “sacando del estadio a los verdaderos aficionados” de “el torneo más grande del mundo”. Una línea roja emocional para cualquiera que haya vivido un Mundial desde la grada.
Ian Wright ha ido en la misma dirección, apuntando directamente al impacto en el país organizador. Para el exdelantero, los aficionados estadounidenses al fútbol deben sentirse avergonzados por el caos que rodea al campeonato en su propia casa. Palabras duras para un país que busca consolidarse como gran escenario del fútbol global.
Gary Lineker ya había encendido la luz de alarma días atrás. El exinternacional inglés ha mostrado su preocupación por el clima político que rodea al torneo y, de nuevo, por el coste de vivirlo desde dentro. El mensaje es claro: un Mundial que margina a los seguidores de a pie traiciona parte de su esencia. El “mayor espectáculo de la Tierra” corre el riesgo de convertirse en un lujo para unos pocos.
El ruido político siempre acompaña a una Copa del Mundo. Forma parte del paisaje. Pero esta vez el volumen parece haber subido varios niveles. Entre vetos en fronteras, jugadores retenidos, críticas públicas de leyendas del juego y entradas prohibitivas, el fútbol se ha visto desplazado a un segundo plano en el relato previo.
La sensación en la calle es sencilla y contundente: que empiece ya el torneo. Que el balón tape, aunque sea por unas semanas, la bronca constante. Que los goles, las sorpresas y las noches eternas de Mundial devuelvan un poco de orden a un arranque que se ha escrito más en despachos y aeropuertos que en los campos de entrenamiento.
La pregunta es si el fútbol tendrá fuerza suficiente para limpiar la imagen de un campeonato que, antes de su primer saque de centro, ya se mira en el espejo con gesto torcido.






