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El Mundial se expande: debates y desafíos en la última semana

La Copa del Mundo entra en su última semana y, paradójicamente, lo hace en silencio. Tres días sin fútbol en un torneo que parece no conocer límites de expansión. Tiempo muerto en el césped, pero no en el debate: formatos, negocios, estadios medio vacíos, pubs que ya no llenan como antes, estrellas discutidas y un futuro que se ensancha hasta las 64 selecciones.

En mitad de ese vacío de 63 horas sin partidos, el Mundial se discute casi tanto como se juega.

Infantino mira a 64, el mundo duda

La última idea desde los despachos es clara: un Mundial de 64 selecciones. Más partidos, más sedes, más dinero. La reacción, como casi siempre que la propuesta nace de Gianni Infantino, mezcla suspicacia y resignación.

Sobre el papel, el salto de 48 a 64 no debería rebajar demasiado el nivel competitivo: la diferencia entre la selección número 48 del ranking y la 64 no es abismal. El atractivo está en otro lado: volver a un formato sencillo, con grupos en los que solo pasan los dos primeros. Nada de terceros rescatados por la calculadora, nada de equipos clasificándose tras ganar solo al peor rival del grupo. Menos trampas, más filo.

El torneo ganaría en limpieza competitiva, perdería en comodidad logística. Un Mundial de 64 exige una infraestructura gigantesca: estadios, hoteles, centros de entrenamiento, transporte, medios de comunicación. No muchos países pueden sostener algo así sin tensar al máximo sus recursos. El riesgo es evidente: que el Mundial termine girando en un círculo cerrado de anfitriones repetidos, los únicos capaces de soportar el peso del nuevo monstruo.

Aun así, el argumento deportivo no es menor: más países, más historias, más voces que antes quedaban fuera. Las Eurocopas y los Mundiales ampliados han demostrado que las selecciones emergentes enriquecen el torneo, no lo empobrecen. El dilema está servido: ¿hasta dónde puede crecer el Mundial sin deformarse?

Pubs vacíos en la tierra de Bellingham

Mientras el torneo se agranda, algunos negocios que vivieron épocas doradas con el fútbol en pantalla grande empiezan a rendirse. El caso del Shovel Inn, en Stourbridge, el pueblo donde nació Jude Bellingham, es casi un símbolo.

Su dueño, Steve Hopkins, lleva más de cuatro décadas detrás de la barra. Ha visto seis Mundiales. Casi todos fueron una bendición para la caja: pubs llenos horas antes del inicio, mesas reservadas, un ambiente que duplicaba la facturación en días de partido. Esta vez, no.

Desde la pandemia, la costumbre ha cambiado. La gente llega tarde, si es que llega. Muchos prefieren el sofá de casa a la mesa de siempre. Para una semifinal, en un horario ideal, Hopkins calcula que una gran noche debería rondar las 3.000 libras de ingresos. Si alcanza 1.000, se dará por satisfecho. Y ha decidido que será su última gran batalla: cuando acabe el torneo, se va.

El fútbol sigue llenando pantallas, pero no siempre llena bares. El Mundial se expande, los hábitos se encogen.

Messi, Diego y una vara de medir imposible

En paralelo a los debates de formato, el fútbol vuelve, una y otra vez, a su discusión eterna: quién fue el mejor. Lionel Messi ha construido una carrera de una regularidad casi inhumana, una longevidad que nadie puede discutir. Para muchos, eso basta para coronarlo como el más grande.

Pero hay una vara de medir que todavía se resiste a desaparecer: el mes salvaje de Diego Maradona en México 86 y la temporada posterior, cuando llevó al Napoli a su primer scudetto. Lo que hizo entonces no se ha vuelto a ver. No a ese nivel, no con ese peso individual sobre un equipo entero.

Para una generación, aquel Mundial fue una revelación engañosa. Ver a un solo futbolista sortear rivales como si el juego fuese un duelo personal, golpear a Inglaterra con una obra de arte que rompía cualquier manual táctico, hizo pensar a muchos que eso era posible, que el fútbol permitía eso con cierta frecuencia. La realidad se encargó de corregir la ilusión: lo que hizo Maradona no era una tendencia, era una anomalía.

Messi ha sostenido la excelencia durante años. Diego la llevó al extremo durante un tramo de tiempo irrepetible. Dos maneras distintas de desafiar los límites del juego.

Francia como vara de medir, España como amenaza

Mientras el torneo avanza hacia sus últimos partidos, la pregunta competitiva central es otra: ¿quién puede frenar a la actual Francia?

España aparece como la candidata más sólida. El regreso del mejor Rodri, más cercano a su nivel previo a la lesión, vuelve a dar equilibrio y autoridad al centro del campo. Sin embargo, la selección de Luis de la Fuente necesita más de Lamine Yamal, que no termina de parecer al cien por cien desde el punto de vista físico. Si el joven talento recupera chispa, España gana una vía de desequilibrio que Francia sí puede temer.

Inglaterra tiene piernas para correr más que los franceses en la medular, para imponer ritmo y recorrido. Pero su defensa transmite una fragilidad que, con Kylian Mbappé al acecho, se convierte en una amenaza constante. La sensación es que, tarde o temprano, esa línea de atrás se rompería.

Argentina, con Messi como faro y mito viviente, se topa con un problema más frío: el centro del campo no alcanza la altura de las otras candidatas. En un torneo de este nivel, cuando el margen es mínimo, esa carencia pesa.

Portugal, talento de Champions y fútbol sin pulso

Hay otro gigante europeo que vive atrapado entre lo que es y lo que podría ser: Portugal. Con un mediocampo de doble campeón de Champions League y Bruno Fernandes por delante, su techo debería estar mucho más alto. Sin embargo, el equipo de Roberto Martínez se ha vuelto sinónimo de previsibilidad y fútbol apagado.

La paradoja es sangrante: tener tanto talento creativo y producir tan poco. Dejar en el banquillo a Bernardo Silva casi nunca es la solución a un problema. Quitar minutos a Bruno Fernandes, un jugador que necesita tiempo para insistir, fallar y finalmente acertar, tampoco ayuda. Si además se le obliga a bajar demasiado a recibir, se le resta filo donde más daño hace.

En este contexto, no sorprende que muchos se pregunten qué habría hecho José Mourinho con esta generación. Su salto a una selección parecía cuestión de tiempo, y la idea de verle al mando de Portugal tenía lógica competitiva y emocional. El técnico, sin embargo, ha tomado otro camino y se prepara para regresar al banquillo del Real Madrid, un reencuentro que promete ruido y tensión, aunque no haya garantías de éxito.

Portugal, mientras tanto, sigue siendo un equipo que juega muy por debajo de su nómina.

Inglaterra, amistades cruzadas y cuentas pendientes

En el otro lado del cuadro, Inglaterra se asoma a una semifinal que moviliza a un país entero, pero también revela cómo ha cambiado el fútbol. El viejo “odio deportivo” convive hoy con una camaradería globalizada: jugadores que comparten vestuario en la Champions League, que se cruzan en la NBA o en la IPL, que se tratan como colegas más que como enemigos.

Esa mezcla se ve en historias pequeñas, como la de un internacional inglés que se negó a insultar a un rival porque se habían hecho amigos. El roce sigue existiendo, el pique también, pero el ecosistema del fútbol de élite ha cambiado. Los vínculos ya no se detienen en las fronteras de los clubes.

En lo táctico, la conversación se desplaza hacia nombres propios. Reece James apunta a titular en el lateral derecho frente a Argentina, con Nico O’Reilly por la izquierda. Djed Spence, con su velocidad y su hambre por atacar el espacio a la espalda de la defensa, aparece como un revulsivo distinto, un recurso para cambiar el guion en plena batalla.

En el centro de la zaga, John Stones sigue generando debate. Como futbolista, su salida de balón y su lectura en posesión son indiscutibles. Como defensor puro, sufre ante delanteros como Julián Álvarez o Lautaro Martínez, rápidos y agresivos al espacio. Y el reto de seguir los movimientos de Messi, incluso en la recta final de su carrera internacional, añade una capa de dificultad que no se puede disimular. El juicio, en cualquier caso, llegará en el campo.

Tuchel, Bellingham y una bronca que no va a ninguna parte

En un Mundial cargado de cámaras y micrófonos, cada gesto se amplifica. El cruce de palabras entre Thomas Tuchel y Jude Bellingham ha alimentado tertulias y titulares, pero todo apunta a un episodio de alta tensión más que a una ruptura real.

Ambos comparten algo esencial: son competitivos hasta la obsesión y se necesitan mutuamente para ganar. Lo que se dijeron llegó en un momento de descarga emocional, con el partido todavía en la piel. Nada indica que la relación no se haya enfriado ya hasta un punto funcional. En el fútbol de élite, estos choques son casi parte del paisaje.

Entre México 86 y Atlanta: el Mundial como herencia

El Mundial sigue generando recuerdos que se heredan. México 86 fue la puerta de entrada para una generación que descubrió el fútbol a través de Maradona. Atlanta, ahora, puede convertirse en el escenario de otra memoria imborrable.

La historia de un padre que, a última hora, decide comprar entradas para la semifinal, volar con su hijo de ocho años desde Manchester, vía París, pagar precios desorbitados por hotel y viaje, resume lo que este torneo todavía significa. Cinco hijos en casa, otro en camino, la ansiedad disparada… y aun así, la decisión de lanzarse. El pequeño, Digby, no solo verá a Inglaterra; puede que asista al último partido de Messi con su selección.

Hay decisiones que no se miden en libras ni en kilómetros. Se miden en recuerdos.

Una semana final sin respiro

El Mundial entra en su tramo definitivo con una paradoja: crece en tamaño, se discute en los despachos, se resiente en algunos bares, pero sigue generando historias que solo este torneo puede producir.

Entre la nostalgia de México 86, la incertidumbre de un futuro con 64 selecciones y la expectativa de ver a Messi, Francia, España, Inglaterra o Argentina escribir el siguiente capítulo, la pregunta ya no es si el Mundial debe cambiar.

La cuestión es otra: ¿será capaz el juego de seguir siendo el mismo mientras todo lo que lo rodea se transforma?

El Mundial se expande: debates y desafíos en la última semana