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El Tottenham Women: Un Antídoto en la WSL

El fútbol que jugó el Tottenham femenino la temporada pasada fue mucho más que un entretenimiento alternativo: fue un antídoto. Mientras el equipo masculino coqueteaba peligrosamente con el descenso, el conjunto de Martin Ho se dedicaba a algo tan sencillo como revolucionario en N17: atacar, divertirse y ganar.

Hubo un momento en el que el fantasma de la Championship parecía instalarse en el Tottenham Hotspur Stadium. En los grupos de WhatsApp de abonados del equipo masculino cundía el pánico: dudas sobre el plan de juego, sobre los fichajes, sobre la gestión de las lesiones. El tono era de línea de crisis permanente. Y, sin embargo, a unos kilómetros, en Leyton, el ambiente era otro: sonrisas, goles y una sensación poco habitual últimamente en el universo Spurs… ilusión.

Un Tottenham que se atreve

La temporada del Tottenham Women fue la mejor de su historia en la Women’s Super League en términos de puntos. No fue una casualidad ni una racha aislada. Fue un equipo reconocible, con una idea clara y un estilo que enganchó.

El 7-2 ante Aston Villa fue una declaración de intenciones: un festival ofensivo, sin freno de mano, que resumió bien el año. El otro gran episodio fue la surrealista tanda de penaltis ante London City Lionesses en la FA Cup: los primeros 17 lanzamientos acabaron dentro antes de resolverse el pase. Fútbol de nervios de acero, no de cálculo frío.

Y, entre todo eso, pequeños destellos que se quedan grabados. Como aquel disparo desde unos 40 metros de Cathinka Tandberg, un gol que pertenece a la categoría de “no puede ser… sí, ha entrado”.

El efecto Martin Ho

La transformación tiene nombre propio: Martin Ho. El técnico llegó el pasado curso tras su experiencia como asistente en Manchester United y como entrenador principal en Brann. Su impacto fue inmediato.

Su figura no se limita al banquillo. Ho se deja ver por el “Legends Lounge” en el estadio de Leyton Orient, se mezcla con la afición antes de los partidos, conversa, escucha. Pero donde realmente marca diferencias es en el césped: el Tottenham juega con valentía, líneas juntas y una organización que permite que el talento fluya sin que el equipo se parta.

Las jugadoras parecen saber exactamente qué hacer y cómo ayudar a la compañera de al lado. No hay improvisación caótica, hay estructura. Y dentro de esa estructura, libertad para atacar.

El contraste con la 2024-25 es evidente. Aquel curso, el equipo acabó a un solo puesto del descenso y la etapa de Robert Vilahamn llegó a su fin. Con Ho, el arranque fue fulgurante: cinco victorias en los primeros seis partidos. Nadie fuera del vestuario sabe qué dijo para reactivar a las veteranas, pero lo que está claro es que no fue un discurso destructivo. El resultado fue un equipo que sí sabía atacar, sí sabía defender y sí sabía correr.

Eveliina Summanen, Amanda Nildén, Lize Kop, Drew Spence y Clare Hunt ofrecieron un rendimiento sostenido que convirtió ver al Tottenham Women en un hábito agradable, casi terapéutico.

Fichajes que suben el listón

El salto competitivo no se explica solo por la pizarra. La dirección deportiva acertó con varias incorporaciones clave. Olivia Holdt se convirtió en la máxima goleadora del equipo desde el centro del campo, aportando llegada y pegada. En la zaga, Toko Koga se consolidó como referencia, sólida y fiable.

En enero llegó Signe Gaupset, una centrocampista que no se limita a tocar y guardar la posición: rompe líneas con balón, conduce, empuja al equipo hacia adelante. Su irrupción añadió una dimensión más agresiva al mediocampo.

El contexto tampoco ayudaba: la WSL sigue dominada por cuatro gigantes —Manchester City, Arsenal, Chelsea y Manchester United—. El Tottenham terminó quinto, justo detrás de ese bloque de poder. Hubo golpes duros, como las goleadas encajadas ante el City de Khadija “Bunny” Shaw, una delantera con un promedio goleador superior incluso al de Erling Haaland. Pero esos partidos sirvieron también como termómetro del nivel de exigencia al que aspira el club.

Lo que antes parecía un techo de cristal, ahora se percibe como un objetivo razonable: colarse en el top cuatro en uno o dos años ya no suena a utopía.

Refuerzos de peso y despedidas dolorosas

El Tottenham no ha querido perder el impulso. Pocos días después de acabar la temporada, el club anunció la llegada de Caitlin Dijkstra, internacional neerlandesa procedente de Wolfsburg, para reforzar la defensa. En ataque, fichó a Shekiera Martinez, una delantera alemana que destacó por su eficacia en un West Ham discreto.

A esa base se han sumado más nombres contrastados, como Kirsty Hanson desde Aston Villa y Alice Sombath desde OL Lyon. No son apuestas a ciegas, son jugadoras con recorrido y presente.

El crecimiento, sin embargo, ha tenido un coste emocional. La marcha de Bethany England, máxima goleadora histórica del club, deja un vacío deportivo y sentimental. Resulta difícil de entender que no se le ofreciera, al menos, una renovación corta. También se ha despedido Ashleigh Neville, que ha decidido acercarse a casa con su traspaso a Leicester. Su salida duele, pero se comprende.

El once que arranque la próxima temporada tendrá poco que ver con el que muchos aficionados comenzaron a seguir hace tres años. Lo que sí permanece es la comunidad que se ha tejido alrededor del equipo.

Una grada diferente

El núcleo de abonados del Tottenham Women se ha convertido en una pequeña familia futbolera. Muchos de ellos llevan años apoyando tanto al equipo masculino como al femenino, escriben blogs, graban pódcast, viajan bajo la lluvia y el viento a campos incómodos como el de West Ham. Algunos ya estaban allí cuando el club competía como Broxbourne Ladies en categorías inferiores. No llegaron cuando la WSL se puso de moda; ayudaron a construir el camino.

El ambiente en los partidos ofrece algo distinto. Hay tensión, hay protestas, por supuesto. No falta quien cuestione con ironía si el árbitro ha pasado recientemente por una conocida óptica de la calle principal. Pero la agresividad verbal y la hostilidad que se respira en muchos encuentros del fútbol masculino aparecen aquí de forma mucho más atenuada.

Antes de cada partido, las gradas se llenan de pancartas con jugadoras del Tottenham junto a la bandera Progress Pride. No es un gesto decorativo: es una declaración de principios. Un mensaje claro de que todo el mundo tiene sitio. Para muchos aficionados, seguir al Tottenham Women ha sido también descubrir el potencial del fútbol como herramienta de cambio social, no solo como espectáculo.

Fútbol sin VAR, emociones sin filtro

El juego puede ser ligeramente más lento que en la élite masculina, pero los partidos son dinámicos, abiertos y, sobre todo, sin VAR. Eso implica alguna decisión arbitral difícil de digerir, sí, pero también evita esos cinco minutos de espera en la grada, sin información, con el gol congelado en un limbo tecnológico.

Aquí, cuando el balón entra, se celebra. Sin mirar a una pantalla gigante. Sin calcular líneas imaginarias. Sin que la emoción llegue con retraso.

El reto ahora es obvio: llenar más asientos, enganchar a más gente, consolidar esa conexión entre equipo y grada. El Tottenham Women ya ha demostrado que puede competir, crecer y ofrecer un fútbol atractivo. La pregunta es cuántos aficionados están dispuestos a descubrir que, en este momento, la versión más vibrante del escudo del gallo se encuentra, domingo tras domingo, en los partidos del equipo femenino.