Abby Erceg: La futbolista que renunció a su Mundial en casa
Abby Erceg habla con calma, pero cada frase pesa. Dejó pasar lo que para casi cualquier jugadora sería el sueño definitivo: disputar un Mundial en casa, en el tramo final de su carrera con la selección de Nueva Zelanda. Y lo hizo convencida de que era lo correcto.
“Fue una decisión realmente difícil”, admite.
No fue un impulso. Lo rumiaba desde hacía tiempo, consultando con gente de confianza, midiendo consecuencias personales y deportivas. El escenario era perfecto: Mundial en casa, cierre simbólico de una trayectoria internacional enorme. Pero algo no encajaba.
“No me sentía bien con ello, ni a nivel personal ni profesional”, explica.
No quiso simplemente “estar” por estar. “Tenía que poner eso por delante, en lugar de hacer algo en lo que mi corazón nunca iba a estar. No creía que fuera justo para el grupo ni para mí”.
Se tomó “mucho, mucho tiempo” antes de comunicar su decisión, para asegurarse de que podría vivir con ella. Desde fuera, suena a un gesto valiente. Ella matiza. “Fue valiente en el sentido de que tienes que seguir adelante con ello, sí. Mucha gente pensará: es un Mundial, tienes que representar a tu país. Pero la gente olvida que yo estaba en uno de los mejores entornos de club del mundo en North Carolina”.
En Estados Unidos lo ganaba todo. Tres títulos de la National Women’s Soccer League —uno con Western New York Flash en 2016, dos con North Carolina Courage en 2018 y 2019—, un vestuario competitivo, recursos de élite. “Éramos muy exitosas y era muy difícil dejar ese entorno para ir a otro en el que sentía que no se me estaba sirviendo como jugadora. Tenía que tomar esa decisión por mi carrera”.
El peaje deportivo para Nueva Zelanda
Las Football Ferns arrancaron el Mundial con una victoria histórica, un 1-0 brillante ante Noruega, pero no lograron sostener el impulso: derrota 0-1 frente a Filipinas y un 0-0 ante Suiza que las dejó fuera. Es inevitable preguntarse qué habría cambiado con la experiencia y jerarquía de Erceg en la zaga.
Una carrera a contracorriente
Erceg nunca fue una futbolista dócil ante el sistema. Ya se había retirado antes, en 2017 y de nuevo en 2018, hastiada por lo que consideraba una falta de apoyo y recursos de New Zealand Football hacia el fútbol femenino. Volvió antes del Mundial de 2019, pero su relación con la selección siempre estuvo marcada por esa tensión entre compromiso y exigencia.
Pese a esos vaivenes, su legado es incuestionable. Tres Mundiales, tres Juegos Olímpicos, primera Fern en alcanzar los 100 partidos internacionales. Cerró su cuenta con 146 presencias y 49 de ellas como capitana. Números que explican por qué su ausencia en la cita de 2023 se sintió tan fuerte.
Su vida de club también habla de una futbolista de élite. Doce años en Estados Unidos, títulos, liderazgo, un lugar privilegiado en una de las ligas más competitivas del planeta. Y, cuando parecía asentada para siempre allí, un giro de guion: México.
Un nuevo mundo en México
Erceg acaba de completar una temporada con Toluca. La describe sin dudar: “Fue fenomenal. La cultura, la comida, la gente, el fútbol, la emoción alrededor. Un país increíble”. Para una jugadora que ha visto casi todo en el fútbol de clubes, no es un elogio menor.
A sus 36 años, el futuro se abre en varias direcciones. “Hay ofertas de todas partes”, reconoce. Opciones en Nueva Zelanda, en la A-League, regreso a México, propuestas de clubes en Estados Unidos. El mapa está lleno de posibilidades, pero la brújula empieza a apuntar a otro lado.
“Llegas a un punto de tu carrera en el que la familia se vuelve importante”, admite. Ha pasado años lejos de casa. “Me he perdido gran parte de la vida de mi familia. Me he perdido gran parte de la vida de mis sobrinos. Así que tienes que empezar a tener esas cosas en cuenta”. Ya no se trata solo de minutos jugados o trofeos levantados, sino de tiempo compartido.
El reto Chelsea, un espejo para Nueva Zelanda
En lo inmediato, sin embargo, Erceg tiene otro desafío en mente: enfrentarse a Chelsea, ocho veces campeón de Inglaterra. Un gigante europeo frente a un equipo armado casi sobre la marcha, con apenas unas semanas de entrenamiento conjunto.
“Va a ser un desafío, y esa es una palabra educada”, advierte con una media sonrisa.
Sabe lo que significa medirse a una maquinaria perfectamente engrasada. Sabe también lo que puede revelar un partido así. “Va a ser una verdadera lección para mucha gente sobre dónde se sitúa el fútbol neozelandés, porque vamos a jugar contra uno de los mejores equipos femeninos del mundo”.
El contraste será brutal. Un club con estructura, presupuesto y profundidad frente a un combinado que apenas ha tenido tiempo de conocerse. “No tenemos mucha preparación, así que vamos a tener mucho trabajo por delante”, admite. Aun así, ve una oportunidad en el reto. “Es bueno tener un equipo de tan alto calibre en Nueva Zelanda y la exposición es genial”.
Erceg, que ha tomado decisiones incómodas para defender su carrera y sus principios, se prepara ahora para otro tipo de examen: uno que no se mide solo en el marcador, sino en lo que el fútbol de su país sea capaz de aprender cuando se mire en el espejo de un gigante como Chelsea.






