Declan Rice: Un fenómeno en el centro del campo de Inglaterra
Aaron Cresswell no duda cuando le preguntan por Declan Rice. “Es un fenómeno de la naturaleza”, dice el exlateral del West Ham. Y los números le dan la razón: desde el inicio de la temporada 2020-21, Rice ha disputado 360 partidos. Un calendario brutal incluso para un futbolista de élite.
Ha tirado del carro del West Ham en sus largas aventuras europeas de 2022 y 2023, se ha convertido en pieza intocable para Gareth Southgate y ahora sostiene las ambiciones de Premier League y Champions League del Arsenal. Tres años sin levantar el pie. Tres años al límite.
Un motor que empieza a toser
Por eso llamó tanto la atención lo que ocurrió en el debut de Inglaterra en el Mundial, el caótico 4-2 ante Croacia. Partido número 63 de la temporada para Rice. Y, por primera vez en mucho tiempo, pareció humano.
El mediocampo de Inglaterra se deshilachó en la primera parte. Demasiado espacio entre Rice y Elliot Anderson, líneas partidas, desorden constante. Rice, obligado a hundirse demasiado, fue arrastrado fuera de zona una y otra vez por Luka Modric. El engranaje que siempre corrige todo empezó a fallar.
El contexto no ayuda: acumulación de minutos, presión, calor competitivo de un Mundial. Pero la escena del minuto 72 encendió todas las alarmas. Inglaterra defendía un 3-2 y Thomas Tuchel decidió sustituir a su mediocentro titular. Con Rice sobre el césped, en ese tipo de escenarios, casi nunca se contempla el cambio. Esta vez fue inevitable.
Tuchel explicó después que Rice sintió molestias en la parte baja de la espalda y en la zona alta del isquiotibial. El técnico insistió en que fue una decisión “por precaución”. El propio jugador se apresuró a asegurar que estará disponible para el duelo ante Ghana del martes. Aun así, la sensación es clara: Inglaterra camina por una cuerda floja.
Un equipo sin plan B
La pregunta es incómoda, pero inevitable: ¿qué pasa si la dolencia va a más?
El rendimiento ante Croacia ya ofreció pistas preocupantes. Tuchel, muy diplomático, habló de “pérdidas de balón inusuales” en Rice. Y, pese a todo, la idea de una Inglaterra sin su vicecapitán asusta. El equipo rara vez ha dado buena imagen cuando él ha estado ausente en los últimos seis años. Y, sobre todo, no hay un recambio de perfil similar en la lista.
Kobbie Mainoo deslumbra con balón, tiene personalidad, pero aún no posee el físico, el radio de acción ni la contundencia de Rice. Jordan Henderson aporta experiencia, pero con 36 años Tuchel ni siquiera recurrió a él cuando el partido se rompió ante Croacia y el ritmo se disparó. El vacío es evidente.
La primera reacción del seleccionador al perder a Rice fue retrasar a Jude Bellingham. El experimento duró ocho minutos… y casi le cuesta el empate. Inglaterra perdió altura, perdió agresividad en la presión y Croacia olió sangre. Tuchel rectificó rápido.
Ahí apareció una vía inesperada.
Reece James, solución de emergencia
La entrada de Djed Spence por Bellingham permitió liberar a Reece James del lateral derecho. El capitán del Chelsea dio un paso al frente y ocupó la zona del mediocentro, un rol que conoce bien desde hace año y medio en Stamford Bridge.
James ya había jugado en el centro del campo en su cesión al Wigan en la temporada 2018-19. Después se consolidó como lateral o carrilero, pero Enzo Maresca cambió el guion durante sus 18 meses al mando del Chelsea. Lo adelantó al mediocampo, decisión que generó dudas al principio… hasta que llegaron las grandes noches.
El punto de inflexión fue la final del Mundial de Clubes del año pasado, con victoria ante el Paris Saint-Germain. James mandó en la medular. Nada de casualidad: repitió exhibición junto a Moisés Caicedo en el 3-0 al Barcelona en noviembre y dominó al propio Rice cuando el Arsenal visitó Stamford Bridge cinco días después.
Tuchel, que lo tuvo a sus órdenes en el Chelsea, fue uno de los escépticos iniciales. En sus primeras declaraciones como seleccionador, dejó claro que veía a James como lateral en su Inglaterra. Pero el tiempo y el rendimiento le han hecho cambiar de perspectiva. Ahora entiende el plan de Maresca: James es físico, agresivo al choque, inteligente en la lectura y con un rango de pase muy completo.
“Reece James puede jugar de 6 porque lo hace a un nivel alto en el Chelsea”, recordó Tuchel al anunciar su lista para el Mundial, una frase que también sirvió para justificar las ausencias de Adam Wharton y Alex Scott. El mensaje era nítido: la polivalencia sería clave.
Si James salta al mediocampo, las alternativas para el lateral derecho no faltan. Spence, Ezri Konsa o Jarell Quansah pueden ocupar la banda. Una opción que seduce a Tuchel es utilizar a Konsa casi como un tercer central, junto a John Stones y Marc Guéhi, liberando a Nico O’Reilly para atacar desde el lateral izquierdo con más libertad.
Sobre el papel, el plan encaja. En la realidad, hay una traba evidente.
El cuerpo también tiene límites
La gran duda es la fiabilidad física de James. Su historial de problemas en los isquiotibiales es largo. El último episodio, en marzo, le obligó a parar casi dos meses. El Chelsea lo ha manejado con extremo cuidado, dosificando minutos, evitando riesgos.
Para Inglaterra, es un rompecabezas. Tino Livramento se cayó de la convocatoria por una lesión en el gemelo y Tuchel tuvo que llamar a Trevoh Chalobah como sustituto. La temporada ha sido extenuante para buena parte del vestuario. James es el lateral derecho titular, pero no puede jugarlo todo. Y mucho menos asumir, además, el peso del mediocampo si Rice empieza a pagar el desgaste.
Las preocupaciones físicas ya marcaban la hoja de ruta antes del Mundial. La decisión de viajar pronto a Florida para un campamento en el sol no fue un capricho: se trataba de ajustar la preparación, afinar la condición física, poner a tono a una plantilla al límite. Rice, sin embargo, se incorporó tarde tras disputar la final de la Champions League con el Arsenal. Otra vez al filo.
El centrocampista insiste en empujar su cuerpo al máximo. Lo ha hecho todo el año. Lo lleva haciendo cuatro temporadas. Pero el calendario no perdona. Y el Mundial, menos.
Si Inglaterra alcanza la final y Rice no descansa en ningún momento, cerrará el curso con 70 partidos entre club y selección. Setenta. Una cifra que hasta hace no tanto se asociaba a toda una carrera, no a una sola temporada de élite.
Tuchel lo sabe. Inglaterra lo sabe. La cuestión ya no es si Rice puede seguir jugando. La cuestión es cuánto tiempo más puede sostener, él solo, el centro del campo de una selección que todavía no ha encontrado un plan convincente para vivir sin él.






