Francia cae ante España: el fin de la era Deschamps
ARLINGTON, Texas -- Y se acabó. Se acabó para Francia, que aterrizó en este Mundial como gran favorita y mantuvo esa etiqueta hasta la tarde del martes, en la inmensa guarida de Jerry Jones, cuando fue por detrás en el marcador por primera vez en el torneo ante España y jamás encontró el camino de vuelta. Cayó 2-0, sin discusión.
También se acabó para Didier Deschamps. Catorce años al mando, 184 partidos, tres finales de grandes torneos (dos Mundiales y una Eurocopa), más una UEFA Nations League. Un ciclo descomunal que termina con un golpe seco, sin redención en el último acto.
El fútbol tiene estas ironías. Deschamps estuvo a un remate de Randal Kolo Muani de convertirse en el segundo técnico de la historia en ganar dos Mundiales, además del que levantó como jugador. Hoy, tras una actuación espantosa, con un frente de ataque de lujo que produjo apenas 0,04 xG en los primeros 64 minutos, buena parte de la afición francesa respira aliviada con su marcha y mira ya, casi con ansiedad, hacia la era Zinedine Zidane.
La favorita que se deshizo sin pelear
Francia era, de largo, la plantilla más profunda y talentosa del torneo. Perder contra España, que no anda muy lejos en calidad, entra en el guion. Lo que no se puede permitir es salir de escena con una versión tan pálida, tan blanda, superada en cada rincón del campo.
Luis de la Fuente ha encontrado la tecla contra Deschamps. Tres veces en tres años. Semifinal de la Euro 2024, Nations League 2025 (aquel 5-4 con España 5-1 arriba en un momento del partido) y ahora este Mundial. O el técnico riojano es la kriptonita calva, barbuda y con gafas del seleccionador francés, o Deschamps se niega a aprender de los golpes. Porque su Francia ha ido empeorando ante España en cada cita.
Lo frustrante es que el guion estaba casi escrito antes de empezar. España iba a mandar con la pelota, a tejer posesiones largas, a mover el balón hasta encontrar espacios. La gran incógnita era Francia: ¿iba a adaptarse, presionar arriba, reforzar el medio, corregir ese dos contra tres que Kylian Mbappé señaló públicamente? ¿O iba a plantarse con su plan de siempre, obligando a España a preocuparse por ellos?
Deschamps eligió lo segundo. Y lo pagó caro.
No sorprende. Cuando tienes a los futbolistas más brillantes, la tentación es clara: que se adapten ellos a ti. Es casi una ley no escrita en los deportes de equipo.
Buena parte del éxito de Deschamps se ha construido sobre ese principio. Mantener al vestuario feliz, la moral alta, el dibujo sencillo y dejar que el talento decida. Le funcionó como jugador en 1998, rodeado de Zinedine Zidane, Patrick Vieira o Thierry Henry. Le dio un Mundial en 2018 y otra final en 2022 como entrenador.
Su idea parte de una verdad del fútbol: en un deporte de pocos goles, el exceso de pizarra puede bloquear más que ayudar. No es una rareza. Es casi corriente dominante.
El problema llega cuando el rival te niega las dos cosas que cualquier genio necesita para marcar diferencias: balón y espacio. España se quedó con la pelota y apretó arriba. Sin balón y sin metros para correr, Michael Olise se pareció más a un oficinista perdido que al desequilibrante extremo que se esperaba.
Ahí es donde toca ajustar. Y ahí, históricamente, Deschamps no ha estado a la altura.
Sus cambios en Arlington lo confirmaron: Manu Koné, más asociativo, por Adrien Rabiot, y Désiré Doué por Bradley Barcola. Sustituciones lógicas, previsibles, casi automáticas. Movimientos de fútbol convertidos en texto predictivo.
En un buen día, esa continuidad da seguridad, mantiene la estructura. En un día como el martes, solo alarga la agonía.
La misma moneda tiene otra cara: su lealtad a ciertos jugadores. Rabiot, por encima de todos. También Olise, que firmó una noche para el olvido. Esa fidelidad ha sido arma y escudo. Ahora se convierte en lastre.
Las herramientas que lo llevaron a la cima del fútbol de selecciones han terminado por condenarlo cuando tenía, probablemente, la mejor generación de talento a su disposición.
Llega Zidane: mito, dudas y una lección desde la grada
¿Será diferente con Zidane? Nadie lo sabe.
Su currículum impresiona: tres Champions League, dos Ligas. Pero hay matices difíciles de obviar. No trabaja desde hace cinco años. Su último título data de 2020. Y solo ha dirigido en un lugar: Real Madrid, un ecosistema que no se parece a nada más en el fútbol.
En el Bernabéu convivió con superestrellas bajo el mayor foco mediático posible. Demostró que sabe gestionar egos, motivar, tocar las teclas emocionales adecuadas. Eso ocurre en el día a día de un club, con entrenamientos constantes, con la posibilidad de pedir refuerzos si un jugador no encaja. Un seleccionador no dispone de ese lujo.
Zidane, además, rehuyó las filigranas tácticas en Madrid. Y fue compañero de Deschamps en la selección francesa y en Juventus. La tentación es imaginar una continuidad casi calcada: jerarquía, sencillez, confianza ciega en los mejores. No sería una mala noticia para Francia, pese al naufragio de Arlington. Pero sería mucho mejor si Zidane acelera en esa curva de aprendizaje que Deschamps nunca terminó de tomar.
Hay noches, como esta semifinal, en las que no basta con soltar a tus estrellas y recordarles que son mejores que el rival. Hay que aceptar que el equilibrio importa, que el otro equipo también juega, que a veces menos es más.
Zidane lo sabe. Ganó un Mundial con Stéphane Guivarc'h como delantero centro. Deschamps también estaba en aquel vestuario. La lección estaba ahí, desde entonces: el colectivo puede elevar a piezas aparentemente menores y sostener a las grandes figuras.
Si Zizou estaba mirando, el mensaje es nítido: el trabajo de equipo y el bloque pueden imponerse al talento individual, sobre todo cuando la diferencia técnica no es abismal.
Tendrá tiempo, y materia prima de sobra. Conoce a esta Francia al detalle, ha observado de cerca una de las hornadas ofensivas más profundas del planeta. Hereda un listón altísimo: finales, títulos, una cultura ganadora instalada.
Si solo iguala los logros de Deschamps, su etapa ya se considerará un éxito. La verdadera cuestión es otra: con lo que se vio ante España, ¿se atreverá a ir un paso más allá?





