Lionel Messi y la épica remontada de Argentina a la final
Lionel Messi terminó el partido con los ojos vidriosos, el corazón acelerado y a un paso de otra página gigantesca en la historia del fútbol. Argentina estaba contra las cuerdas ante Inglaterra, 1-0 abajo, sin claridad y con el reloj como enemigo. En la última media hora, el capitán decidió que no era noche para despedidas, sino para épica.
Lo que vino después fue puro Messi. Toques filtrados, giros imposibles, pausa donde todos corrían, velocidad donde otros dudaban. De su zurda nacieron varias jugadas que cambiaron el aire del estadio y el pulso del equipo. Dos de esas genialidades terminaron en la red: primero Enzo Fernández, después Lautaro Martínez, ambos en los últimos diez minutos, dieron vuelta un partido que parecía condenado.
Argentina, otra vez, a la final de la FIFA World Cup 2026.
El abrazo y la frase que lo explica todo
En pleno festejo, ya con el pase a la final asegurado, apareció la imagen que resume mejor que cualquier análisis lo que es hoy esta selección. Messi se fundió en un abrazo con Rodrigo De Paul, socio incondicional dentro y fuera de la cancha, y le dejó una frase que se escuchó clara en el video de los festejos:
“Los amo, no nos íbamos a ir, hermano… Lo íbamos a hacer”.
No fue un grito para las cámaras. Fue una confesión, casi un desahogo. El capitán hablándole al grupo, a ese núcleo que lo sigue a muerte desde hace años. De Paul, que había entrado en el minuto 72 para meter piernas, carácter y pase limpio en un mediocampo desesperado por encontrar caminos, terminó igual de emocionado que Messi. Sabía que habían estado a un gol de la eliminación. Sabía también que, con él en el campo, el equipo empezó a recuperar el control que necesitaba para que el 10 hiciera el resto.
La historia que vuelve: de la súplica de Enzo al gol que lo cambia todo
Enzo Fernández no sólo marcó el gol del empate que salvó la campaña en 2026. Cerró un círculo que lleva años escribiéndose. En 2018, después de la eliminación en octavos de final, el mediocampista le había dedicado a Messi una carta pública, casi una súplica, pidiéndole que no se retirara de la selección. Le rogaba que siguiera, que los chicos que venían detrás necesitaban jugar con él, aprender de él, intentarlo otra vez.
Ocho años más tarde, fue ese mismo Enzo el que apareció para empatar un partido que se escapaba, sostener el sueño y darle sentido a aquella petición adolescente. De la admiración a la sociedad futbolística. De la carta al gol.
El segundo golpe llegó con Lautaro Martínez, otro de los soldados que acompañó a Messi en los días de frustración y en la gloria de 2022. Su definición en el tramo final del encuentro selló la remontada y desató el delirio. Inglaterra se desplomó; Argentina, en cambio, se abrazó a su capitán.
Un vestuario rendido a su líder
Lo que se vio en el césped durante los festejos no fue sólo alegría por un resultado. Fue la confirmación de una estructura emocional que sostiene a esta selección. Messi manda, pero no desde la distancia ni desde el ego. Su liderazgo se apoya en algo más profundo: amor, respeto y una admiración que atraviesa generaciones.
La mayoría de los jugadores crecieron con pósters de Messi en sus paredes. Vieron por televisión las decepciones de 2006 y 2010, sufrieron la final perdida en 2014, convivieron con la sensación de que el fútbol le debía algo a su ídolo. Después llegó la consagración en 2022, el título que cambió para siempre la relación entre el 10 y la selección.
Ahora, en 2026, ya no se trata sólo de saldar cuentas con el pasado. Se trata de agrandar una leyenda colectiva.
A un partido de la inmortalidad
Lo que espera ahora es España en la final. No es un detalle más: si Argentina gana, se convertirá en la primera selección en 64 años en defender con éxito el título mundial. Un hito reservado para los equipos que trascienden su época y se convierten en mito.
Dentro del vestuario lo saben. Por eso la frase de Messi a De Paul pesa tanto. “No nos íbamos a ir… Lo íbamos a hacer”. No hablaba sólo de remontar a Inglaterra. Hablaba de un pacto silencioso que este grupo firmó hace tiempo: mientras él esté en la cancha, Argentina va a pelear cada torneo como si fuera el último.
Queda un solo partido para comprobar hasta dónde puede llegar ese juramento compartido.





