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Luka Modric y su legado en 200 partidos con Croacia

En una noche cargada de tensión y ajedrez táctico, el foco volvió a caer, una vez más, sobre el eterno capitán de Croacia: Luka Modric. A los 40 años, el centrocampista se convirtió en apenas el cuarto futbolista en la historia en alcanzar los 200 partidos con su selección absoluta, entrando en un club reservado a gigantes como Cristiano Ronaldo, Lionel Messi y el kuwaití Bader al-Mutawa. No es solo una cifra; es una era entera comprimida en un dorsal.

Zlatko Dalic no escatimó elogios al final del encuentro. El seleccionador subrayó la vigencia de su líder, recordando que “sigue influyendo en los partidos” y que disputar 200 veces con su país “es mucho”. Recalcó la suerte de tenerlo todavía en el equipo y apuntó a un rasgo que define al capitán: su humildad, la misma que le aleja de grandes celebraciones pese al hito. Aun así, el vestuario decidió que la noche no podía pasar de largo: los compañeros lucieron camisetas negras con el lema “Infinite Legacy” y el número 200 en los festejos posteriores al partido. Un mensaje claro: Modric no solo suma partidos, está dejando una huella que no caduca.

Durante 45 minutos, sin embargo, la historia fue otra. Panamá, ordenada y disciplinada en un 5-4-1 muy rígido, apagó casi todas las líneas de pase croatas. Cerró espacios por dentro, obligó a circular en horizontal y convirtió cada ataque europeo en un ejercicio de paciencia. Croacia tocaba, se movía, buscaba, pero chocaba una y otra vez contra un bloque compacto que no se desordenaba.

Dalic decidió que había llegado el momento de cambiar el guion en el descanso. Entró Ante Budimir para dar peso en el área, fijar centrales, ofrecer una referencia que hasta entonces había faltado. Y el partido giró.

El gol llegó en el minuto 54 y destapó la botella. Marco Pasalic, muy fino entre líneas, se inventó un taconazo delicioso hacia la incorporación de Josip Stanisic. El lateral no dudó: centro raso, tenso, al segundo palo. Allí apareció Budimir, el máximo goleador histórico de Osasuna, para guiar el balón con calma y precisión al fondo de la red. Un toque limpio, casi quirúrgico, que rompió el 0-0 y desató el delirio en Toronto.

La grada se transformó. La marea croata, que había vivido la primera parte entre nervios y suspiros, estalló al fin. El tanto no solo abrió el marcador; liberó piernas y cabezas. Croacia empezó a jugar con otra soltura, con otra confianza.

El propio Pasalic rozó el segundo poco después. Se plantó mano a mano ante Orlando Mosquera, pero el guardameta panameño respondió con una gran intervención. En el rebote, el croata no acertó y envió el balón por encima del larguero. Fue la ocasión para sentenciar antes de tiempo. No entró, y el marcador siguió abierto, manteniendo vivo a un rival que se negó a bajar los brazos.

Ese ajuste al descanso, sin embargo, ya había cambiado la dinámica del choque. Croacia encontró profundidad, ganó presencia en el área y, sobre todo, recuperó el pulso competitivo que necesitaba tras la derrota en su debut ante Inglaterra. El triunfo no fue holgado, pero sí imprescindible para reengancharse al torneo.

Para Panamá, la noche tuvo un sabor mucho más amargo. La derrota certificó el final de su camino hacia 2026. El equipo de Thomas Christiansen dejó destellos, especialmente en un primer tiempo muy serio, en el que José Luis Rodríguez acarició el gol con un cabezazo que Dominik Livakovic desvió lo justo para que el balón se estrellara en la parte inferior del larguero. Esa acción resumió su torneo: esfuerzo, intención, pero sin premio.

La falta de gol ha sido su condena. Dos partidos, cero puntos y demasiadas ocasiones desaprovechadas. Ahora les queda una última cita ante Inglaterra, ya eliminados, con el orgullo como única bandera.

Christiansen, pese al golpe, se mostró orgulloso del comportamiento de sus jugadores. Destacó el hambre, la dedicación, el espíritu competitivo que exhibieron. Subrayó que eso era lo que pedían del equipo y remarcó su “super orgullo” por el rendimiento mostrado. Recordó también la eficacia croata: “Ellos pusieron dos tiros a puerta y marcaron uno”. Un lamento velado, pero también un reconocimiento a la pegada del rival.

Los Canaleros no se rindieron. Acabaron lanzando siete saques de esquina, cargando el área, obligando a Livakovic a intervenir con varias paradas de reflejos en un tramo final frenético. Empujaron con corazón, pero sin esa frialdad en el área que separa la resistencia del resultado.

Con este 1-0, el Grupo L queda al rojo vivo antes de la última jornada. El 0-0 entre Inglaterra y Ghana horas antes comprimió la clasificación: ingleses y ghaneses suman cuatro puntos, mientras que Croacia se coloca justo detrás con tres. Nada está decidido, pero las cuentas son claras.

Croacia sabe que una victoria ante Ghana en Philadelphia le garantiza el billete a los octavos de final. No necesita calculadora, solo ganar. Inglaterra, por su parte, se clasifica con un simple empate frente a una Panamá ya fuera de combate.

En ese contexto, la presión cambia de bando. Pasalic lo reconoció al analizar el duelo: eran plenamente conscientes de su calidad y de la situación límite en la que se encontraban. Lo que no hicieron en la primera parte, lo corrigieron en la segunda. Habló de alivio, de una carga que se suelta de los hombros, y de la sensación de poder “seguir adelante” a partir de ahora.

Croacia sale de Toronto con algo más que tres puntos. Recupera confianza, ajusta su plan y se aferra a un líder que desafía al calendario. Modric, con 200 partidos a la espalda y todavía dueño del ritmo cuando el balón pasa por sus pies, vuelve a situar a su selección a un paso de otra fase de eliminación directa.

La pregunta ya no es cuánto tiempo le queda, sino hasta dónde puede llevar de nuevo a este grupo en un torneo que todavía no ha dicho su última palabra.