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Mohamed Salah guía a Egipto a su primera victoria en el Mundial

Egipto llevaba casi un siglo persiguiendo esta noche. Tres Mundiales, ninguna victoria. Mucho peso en la espalda y muy poco en el marcador. En Vancouver, ante Nueva Zelanda, todo eso cambió. Y, cómo no, con Mohamed Salah en el centro de la escena.

El 3-1 no es solo un resultado. Es una ruptura con la historia.

Un primer tiempo viejo, un segundo tiempo nuevo

Durante 45 minutos, Egipto pareció condenado a repetir sus fantasmas. Equipo plano, ritmo bajo, poca convicción. La etiqueta de “nunca han ganado un partido de Mundial” empezó a sonar otra vez demasiado fuerte.

Nueva Zelanda olió la duda y se lanzó sin complejos. Al minuto 14, Mostafa Shobeir tuvo que aparecer por primera vez, tapando con reflejos un disparo en el primer palo de Elijah Just. Aviso serio. Un minuto después, castigo.

En el córner posterior, Finn Surman entró solo, sin marca, y cabeceó con violencia para el 0-1. Un gol tan sencillo como doloroso para la zaga egipcia, que se quedó mirando mientras el central neozelandés atacaba el balón.

Egipto no reaccionó de inmediato. Salah apenas dejó un destello en la primera parte: un libre directo en la frontal, servido en corto por Omar Marmoush, que el zurdo curvó demasiado y se perdió por el lado equivocado del poste izquierdo. Más gesto que amenaza real.

Al descanso, el 1-0 reflejaba bien lo visto: Nueva Zelanda mandaba, dominaba la posesión, generaba ocasiones y jugaba con una frescura que contrastaba con la rigidez egipcia.

En el vestuario, Hossam Hassan levantó la voz. Y su equipo salió como si alguien hubiera cambiado el interruptor.

La remontada nace por las bandas

Nada más arrancar el segundo tiempo, Shobeir volvió a sostener a los suyos. Al 52’, un cabezazo bombeado de Callum McCowatt obligó al portero a retroceder y palmear por encima del larguero. Era el tipo de jugada que, en noches torcidas, acaba dentro. No esta vez.

Esa parada marcó un punto de inflexión. Egipto adelantó líneas, empezó a morder. Las conducciones fueron más agresivas, las bandas más profundas. Nueva Zelanda, que antes tocaba con calma, empezó a replegarse unos metros. Y luego unos cuantos más.

El empate llegó en una jugada que describió bien el nuevo guion. Minuto 58. Mohamed Hany se proyectó por la derecha, levantó la cabeza y puso un centro tenso al corazón del área. Allí apareció Mostafa Ziko, completamente desmarcado, para cabecear sin oposición. 1-1, partido nivelado, energía totalmente distinta.

Egipto ya no jugaba contra la historia, jugaba contra un rival que retrocedía a cada ataque.

Salah, marca registrada

El gol del empate liberó a Salah. Hasta entonces, más referencia que protagonista. Desde ese momento, dueño absoluto del escenario.

Al 67’, la jugada que todos esperaban. Transición rápida, campo abierto. Ziko y Salah combinan a gran velocidad, pared corta en la frontal. El egipcio recibe, perfila el cuerpo y define con la naturalidad de siempre, como tantas veces en la Premier League: golpeo limpio, ajustado, imposible para Max Crocombe.

Por primera vez en un Mundial, Egipto se veía por delante en el marcador camino de una victoria. Y el autor del tanto, a sus 34 años, se convertía en el goleador más veterano de la historia de su selección en la Copa del Mundo. Un registro que se amplía: también es ya el africano de mayor edad del que se tiene constancia en marcar y asistir en un mismo partido mundialista.

No es un chispazo aislado. Salah mantiene una racha impecable: ha participado con gol o asistencia en todos los partidos de Mundial que ha disputado. En 2018, marcó ante Rusia y Arabia Saudí. En 2026, ya había dado una asistencia frente a Bélgica. Ante Nueva Zelanda, firmó una noche que quedará subrayada en la memoria egipcia.

El golpe final y un perdón en el descuento

Con el 2-1, Egipto ya jugaba con viento a favor. Nueva Zelanda intentó estirarse, pero el desgaste y el golpe anímico pesaron. La defensa oceánica empezó a llegar tarde a los cruces, a perder segundas jugadas, a conceder balones parados.

Ahí apareció de nuevo Salah, esta vez desde la esquina. Minuto 82. Saque de esquina desde la derecha, servicio medido. En el área, Trezeguet se lanza en plancha y conecta un cabezazo que supera a Crocombe. 3-1, partido sentenciado, celebración desatada.

Quedó tiempo para una última ocasión clara. Ya en el 90+3, Zizo se encontró mano a mano con el portero, lo regateó, pero dudó un segundo de más. Su disparo, cuando parecía que llegaba el cuarto, fue bloqueado por el regreso desesperado de la defensa.

No hizo falta ese gol para completar la noche. El trabajo ya estaba hecho.

Nueva Zelanda se complica, Egipto roza la historia

El contraste en las áreas se trasladó al análisis posterior. Darren Bazeley no escondió su frustración: su equipo había sido superior en la primera parte, había manejado el balón y generado ocasiones, pero no supo sostener el ritmo cuando Egipto subió el nivel. La frase clave del técnico: ahora están obligados a vencer a Bélgica si quieren hacer historia.

Egipto, en cambio, se asoma a un territorio desconocido. Este triunfo, el primero en una Copa del Mundo tras sus participaciones de 1934, 1990 y 2018, coloca a los Faraones a un paso de los cruces. Salah lo resumió sin adornos: una “gran hazaña” para jugadores y cuerpo técnico, algo que aspiran a convertir en punto de partida y no en punto final.

La etiqueta de este torneo como “el Mundial de las superestrellas” encuentra en el ’10’ egipcio una respuesta contundente. Ya no es el Salah explosivo de sus mejores años en Liverpool, pero sigue decidiendo partidos, batiendo registros y arrastrando a su selección.

Egipto ha roto por fin su maldición mundialista. La pregunta ahora es otra: ¿hasta dónde puede llevarlos un futbolista que, a los 34 años, todavía se empeña en reescribir la historia de su país?