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El Mundial de las noches imposibles: recuerdos inolvidables

Hubo goleadas, exhibiciones y marcadores abultados. Pero nada se acercó al vértigo puro de algunos partidos que marcaron este Mundial repartido entre Estados Unidos, México y Canadá. No fue solo fútbol: fueron episodios de delirio colectivo.

Partidos que se quedan pegados a la memoria

El Paraguay 1-1 Alemania, resuelto en una tanda de penaltis que rompió uno de los grandes dogmas del fútbol de selecciones –“Alemania no pierde a penaltis”–, dejó una cicatriz histórica. Esta vez sí cayó, y lo hizo de forma estruendosa, en un duelo de octavos que convirtió cada lanzamiento en un pequeño drama nacional.

Más alucinante todavía, casi onírico, resultó el Argelia 3-3 Austria. Se esperaba un biscotto, un empate pactado que clasificara a ambos sin sobresaltos. Durante buena parte de la segunda parte, el guion apuntaba exactamente a eso: trámite, cálculo, bostezo. Y de repente, en el descuento, el partido estalló en un caos absoluto. No fue el mejor en calidad ni el más dramático, pero sí el más extraño. Como si se hubiera jugado en otra dimensión.

En México, el Azteca volvió a ser un templo. El México 2-3 Inglaterra se cocinó desde el sorteo: cita marcada en rojo, estadio mítico, ambiente de final. El encuentro respondió a la expectativa. Un primer tiempo abrasador de la selección local, una Inglaterra sometida pero resistente y un desenlace que se sintió como una película de nervios desnudos. Para muchos, el gran punto álgido inglés del torneo, pese a lo que vino después.

Inglaterra, de hecho, protagonizó varios de los choques más salvajes. El Francia 4-6 Inglaterra rozó lo absurdo, un partido que por momentos parecía una parodia de sí mismo. En Seattle, el Egipto 1-1 Irán condensó toda la crueldad del fútbol: gol iraní en el descuento, anulado, dos balones al palo en los últimos minutos y, al final, una eliminación para una Irán invicta y permanentemente obstaculizada.

Argentina también se abonó a la épica. En el 3-2 a Egipto, los campeones defensores parecían liquidados, con la mente en el vuelo de regreso, hasta que apareció Lionel Messi para girar el destino con una remontada tardía, levantando dos goles en contra en un último tramo que olió a despedida… y acabó en resurrección.

Contra Cabo Verde, el 3-2 argentino tomó un cariz distinto: improbable, maravilloso. Sidny Lopes Cabral dobló la realidad con un derechazo a la escuadra para igualar en la prórroga, un gol que desafió jerarquías y lógica. Para algunos, no hay debate: el mejor partido del torneo. Otros se quedaron con la derrota inglesa ante Argentina, un 1-2 que, por pura familiaridad dramática, recordó viejos fantasmas.

Y en Miami, Cabo Verde volvió a robar miradas. El 2-2 ante Uruguay fue una clase magistral de disciplina, orgullo y valentía. La selección africana, debutante, jugó sin complejos y se ganó un lugar emocional en el Mundial.

La constelación de figuras: un torneo con dueño

En medio de tantas historias, un nombre se impuso con autoridad: Rodri. El mediocentro de España fue el metrónomo del campeón, el jugador que sostuvo la idea, marcó el ritmo y dio sentido a un equipo que regresó a un modelo de posesión dominante. Capitán, líder, referencia absoluta. Para muchos, imposible mirar más allá de él.

Kylian Mbappé se llevó la Bota de Oro, inflada por un tercer puesto desquiciado, pero no fue solo una cuestión de números: lideró a una Francia que durante muchos tramos pareció el mejor equipo del torneo, hasta que España la descarriló en semifinales. Erling Haaland, por su parte, salió con un botín distinto: una Noruega en cuartos por primera vez, una carrera al Pichichi creíble aunque corta y un impacto de estrella global reforzado en un mercado clave.

Lionel Messi, incluso sin levantar el trofeo, dejó otra campaña de alto nivel, decisiva en momentos límite como ante Egipto. Jude Bellingham fue el corazón del equipo de Thomas Tuchel, justificando con creces su presencia pese a las dudas previas. Michael Olise, brillante hasta el punto de rozar un hat-trick contra Inglaterra, confirmó que su techo aún está lejos.

Y luego están las historias que rompen el molde. Vozinha, portero de Cabo Verde, 40 años, sin club, convertido en héroe mundialista. No necesitó campañas de marketing: sus paradas y el calibre de los rivales a los que desquició bastaron para levantar un cuento de hadas real. Pau Cubarsí, adolescente español, se coló también en la conversación con una serenidad impropia de su edad. Roberto “Pico” Lopes, símbolo de Cabo Verde y Shamrock Rovers, se dejó el cuerpo en cada duelo, ganándose el respeto universal aunque quizá no llegue el gran contrato de su vida.

En esa lista de secundarios de lujo asomaron Dani Olmo, siempre a la altura, y nombres como Wilson Isidor o el propio Pico, que dieron al torneo un toque de humanidad frente al brillo de las superestrellas.

El gol que detuvo el mundo

Si hay una imagen que define este Mundial, es la parábola imposible de Sidny Lopes Cabral contra Argentina. Un latigazo lejano, la pelota girando con una violencia elegante, Emi Martínez volando a destiempo y el balón entrando pegado al palo. Silencio, incredulidad, luego el rugido. Y el propio Cabral llevándose las manos a la cabeza antes de buscar a su pareja en la grada para celebrar. Fútbol en estado puro.

Su gol se convirtió en referencia obligada. Algunos rescataron también el globo instintivo de Eldor Shomurodov para Uzbekistán ante la República Democrática del Congo, una vaselina desde ángulo cerrado tan rara como satisfactoria. Otros se quedaron con el zurdazo lejano de Wilson Isidor para Haití ante Marruecos, un disparo que, por estética, podría figurar en cualquier recopilatorio histórico.

Julián Álvarez, discreto durante buena parte del torneo, encendió Kansas City con un misil lejano en la prórroga ante Suiza. Kerim Alajbegovic, la joya de Bosnia y Herzegovina, regateó a media defensa de Qatar antes de soltar un disparo desequilibrado desde fuera del área que justificó todo el ruido que le rodeaba. En la construcción de otro gol, Johan Manzambi dejó una carrera y un pase que abrieron el camino a Breel Embolo frente a Argelia.

Erling Haaland clavó su segundo tanto ante Brasil en la base del poste desde fuera del área, un resumen perfecto de su fútbol: precisión quirúrgica, potencia y una pizca de irreverencia. Harry Kane, con su segundo gol ante la República Democrática del Congo, firmó otro disparo de manual. Incluso hubo obras de arte anuladas, como ese cañonazo –probablemente de Uzbekistán– a la escuadra que no subió al marcador pero quedó grabado en la retina de quienes lo vieron.

Y, sin embargo, cada vez que se hacía una lista, el mismo nombre volvía a la cima: Sidny Lopes Cabral. Un gol y un contexto que ya pertenecen al imaginario de los Mundiales.

Pequeñas escenas, grandes recuerdos

Más allá de los focos, este Mundial dejó postales íntimas. Eloy Room, portero de Curaçao, firmó un récord de paradas en 90 minutos ante Ecuador y bromeó después con que merecía una estatua en su país. Vozinha vivió su propio momento familiar cuando su madre, contra todo pronóstico, viajó desde Cabo Verde para verle jugar.

En el Azteca, los primeros partidos de México –y luego los de Argentina con Messi persiguiendo y batiendo récords en Dallas– se vivieron como peregrinaciones masivas. Afuera, la fiesta no dejaba dormir; dentro, el ruido era casi físico. En Monterrey, el paisaje desde el estadio se convirtió en una recomendación de vida: “hay que ir, si se puede”.

Hubo también escenas casi cómicas: periodistas senegaleses compartiendo galletas durante el himno antes del desplome de su selección ante Bélgica; un ocho contra ocho improvisado con Danny Cipriani recordando sus días de entrenamiento en Tottenham; un corresponsal atrapado hasta las rodillas en inundaciones en Monterrey solo para recuperar un iPad que perdería una semana después en Houston.

En Foxborough, el sonido de las gaitas tocando Scotland the Brave antes del regreso de Escocia a un Mundial tras 28 años prometía una noche histórica. Lo que ocurrió después es mejor dejarlo en silencio. En Kansas City, la base de Inglaterra, el México 2-3 Inglaterra se convirtió en una odisea: tormenta eléctrica retrasando el inicio, Bellingham en modo coloso, jugadores y periodistas agotados al final de una de las grandes victorias visitantes inglesas… aunque el torneo acabara mal.

Y en medio de todo, anécdotas que solo puede ofrecer un Mundial: un periodista explicando a un mariachi con sombrero gigante cómo podía clasificarse un tercero de grupo; otro contemplando la caravana del autobús de España desde la misma ventana del sexto piso desde la que Lee Harvey Oswald disparó a JFK; un grito sincero de “HELLO NEW YORK!” en un espectáculo en Manhattan; la resurrección del mítico festejo de Tim Cahill por parte de Nestory Irankunda como símbolo de relevo generacional en Australia.

Los anfitriones bajo la lupa

El torneo puso a prueba la capacidad de tres países muy distintos para abrazar un mismo evento. Estados Unidos sorprendió por el nivel de interés: conversaciones sobre fútbol en cualquier esquina, gente parando a periodistas y aficionados para preguntar, opinar, compartir. La infraestructura, en cambio, exigió resistencia: viajes interminables, estadios alejados de los centros urbanos, transporte público limitado y tráfico asfixiante en ciudades como Boston. La decisión de no jugar la final en Ciudad de México o en el imponente estadio del centro de Atlanta dejó un poso de oportunidad perdida.

México ofreció lo esperado y algo más: una cultura futbolera febril, una hospitalidad que no se resintió ni cuando la selección local cayó ante Inglaterra, y un Azteca que volvió a comportarse como un coloso del fútbol mundial. Canadá, por su parte, vivió su primer Mundial en casa con una mezcla de orgullo y alivio: el debut en Toronto se sintió como una confirmación de que el país ya puede reclamar su lugar en el mapa futbolístico. Su 6-0 a Qatar en Vancouver mostró que, con Jesse Marsch como técnico y agitador, hay materia prima para competir y entretener.

No todo fue elogio. El caso Folarin Balogun, con la administración estadounidense y la propia FIFA señaladas por intentar alterar el curso deportivo del torneo, dejó un olor difícil de ignorar. En lo deportivo, Estados Unidos exhibió quizá el fútbol más vistoso que se ha visto nunca en su selección, pero se marchó con la sensación de haber dejado escapar algo grande ante Bélgica. México fue uno de los equipos más seguidos del torneo, arrasó en la fase de grupos, superó con autoridad a una Ecuador emergente y llevó a Inglaterra al límite antes de quedarse sin ideas en la última media hora. Canadá, irregular pero valiente, dejó destellos que invitan a pensar en un futuro competitivo.

En el balance humano, la nota fue alta. En Estados Unidos, muchos ciudadanos insistían en aclarar que “esto” –el clima político, las tensiones internas– no les representaba. La mayoría de los visitantes entendió el mensaje. En Canadá, la obsesión era saber si ya se les podía considerar una “nación futbolera” de pleno derecho. En México, la calidez fue constante, incluso en la derrota.

El Mundial se disolvió en una geografía inmensa, difícil de resumir. Algunas ciudades, como Vancouver o Seattle, con estadios céntricos y tradición futbolera, abrazaron el torneo como si hubiera sido creado para ellas. Otras, como Dallas o San Francisco, lo alojaron con eficiencia, sin llegar a integrarlo del todo en su vida cotidiana.

Queda la sensación de un campeonato que estiró los límites del mapa y del guion. Con héroes inesperados, goles imposibles y un puñado de partidos que, dentro de unos años, seguirán apareciendo cada vez que alguien pregunte: “¿Te acuerdas de aquel Mundial en Norteamérica?”.