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Neymar se despide de Brasil: lágrimas y un gol en el MetLife

Neymar se marchó del césped del MetLife Stadium con los ojos vidriosos y una frase que retumbó más que cualquier silbido en las gradas: su carrera con la selección de Brasil “se acabó”. No hubo épica, no hubo remontada. Hubo un penalti en el descuento, un gol que ya no cambiaba nada y la certeza de un final que parecía escrito en otro tono.

Brasil caía 2-0 ante Noruega en los octavos de final del Mundial 2026 cuando, en el minuto 67, apareció el dorsal más esperado. Neymar entró como revulsivo, casi como símbolo, con la misión de rescatar a una Seleção desorientada. Esta vez, su nombre no bastó.

El tiempo se le escapó entre las manos. Tocó el balón, buscó espacios, trató de asociarse, reclamó faltas. Quiso mandar, como siempre. Pero el reloj corrió más rápido que sus piernas castigadas por los años y las lesiones. El gol llegó tarde, demasiado tarde: un penalti transformado en el tiempo añadido, que maquilló el marcador, no la herida.

El MetLife, escenario del debut y de la despedida

En la entrevista con TV Globo, Neymar dejó caer las palabras con la misma mezcla de cansancio y emoción que se ve en los veteranos que ya lo han dado todo: “Lo intenté, lo intenté. Ahora se acabó. Empecé aquí, terminé aquí”. No era una frase casual.

En este mismo MetLife Stadium, en agosto de 2010, un Neymar veinteañero, eléctrico y desbordante de futuro, se estrenó con la camiseta de Brasil. Aquel día marcó en un amistoso 2-0 ante Estados Unidos y abrió una etapa que lo llevaría a romper récords y a cargar con un peso histórico: el de ser el rostro de la canarinha después de los gigantes.

Desde entonces, el 10 se convirtió en el máximo goleador de la historia de Brasil, con 80 tantos, y en uno de los hombres con más partidos disputados: 130, solo por detrás de Cafu, que lidera la lista con 142 apariciones. Números de leyenda en un país que mide a sus ídolos con una vara cruel y exigente.

Un regreso entre dudas y cicatrices

Neymar no jugaba con Brasil desde 2023. Las lesiones lo habían apartado del foco, lo habían dejado en la incómoda zona de las incógnitas: ¿volvería a ser decisivo?, ¿aguantaría el físico?, ¿tendría sentido apostar por él en otro Mundial?

La convocatoria para 2026 fue, en sí misma, una apuesta emocional y deportiva. El técnico lo llevó como referencia, como líder de vestuario y como recurso en los momentos clave. Su papel, sin embargo, fue más reducido de lo que dictaba su nombre.

Participó como suplente en el último partido de la fase de grupos, en la victoria 3-0 ante Escocia. Minutos controlados, sensaciones medidas, una especie de ensayo general para una fase eliminatoria en la que, en teoría, debía aparecer su versión más decisiva. Su segundo y último partido en el torneo terminó siendo el choque ante Noruega. Un Mundial entero reducido a dos apariciones breves, como si el tiempo también le hubiera recortado el guion.

Cuatro Mundiales y una cuenta pendiente

El de 2026 fue su cuarto Mundial, tras 2014, 2018 y 2022. Cuatro intentos, cuatro generaciones distintas, un mismo anhelo: devolver a Brasil a la cima. Nunca lo logró. Esa es la sombra que acompañará cualquier conversación sobre su legado con la selección.

En 2014, el país se paralizó con su lesión antes del 7-1. En 2018 y 2022, Brasil se quedó a medio camino, sin alcanzar la final. En 2026, el golpe llegó incluso antes: eliminado en octavos por Noruega, con Neymar entrando desde el banquillo, ya como veterano, como último recurso.

No hubo gran noche de despedida. No hubo vuelta olímpica. Solo un penalti convertido en el descuento y un gesto hacia la grada, mezcla de disculpa y agradecimiento. El tipo que cargó durante más de una década con el cartel de salvador de Brasil se marchó en silencio, sin trofeo, pero con una hoja de estadísticas que pocos podrán igualar.

El futuro de la canarinha, en manos de otros

Con su adiós, Brasil pierde a su máximo goleador histórico y a una de sus figuras más influyentes del siglo XXI. La Seleção ya miraba hacia nuevas caras, nuevos liderazgos, pero la presencia de Neymar seguía marcando jerarquías, ritmos, expectativas.

Ahora, el vacío es real. Se cierra una era que empezó con un chico flaco, peinado llamativo y regate insolente en este mismo estadio de New Jersey, y termina con un veterano de 34 años, castigado por las lesiones, que se despide en la misma ciudad donde todo comenzó.

Neymar se va de la selección sin la Copa del Mundo, pero con un legado numérico que lo coloca en la cima de los goleadores brasileños y en la élite de los más presentes con la canarinha. La pregunta ya no es qué más podía darle él a Brasil.

La cuestión, desde esta noche en el MetLife, es si Brasil sabrá encontrar pronto a alguien capaz de cargar con un peso tan grande como el que él llevó durante 16 años.