El nuevo oráculo del fútbol: Joachim Klement y su modelo infalible
En 2010, el mundo se rindió ante un pulpo. Paul, el cefalópodo de acuario que adivinó todos los resultados de Alemania en el Mundial de Sudáfrica, fue elevado a la categoría de oráculo. Un animal, una pecera y un puñado de mejillones bastaron para crear un mito.
Catorce años después, el nuevo “vidente” del fútbol no vive en un tanque, sino entre hojas de cálculo y gráficos de dispersión. Se llama Joachim Klement, es economista alemán, trabaja como estratega en el banco de inversión Panmure Liberum y su modelo estadístico presume algo que ni Paul pudo soñar: lleva tres Mundiales seguidos acertando al campeón.
Un modelo que no falla… de momento
La racha empezó en 2014. Klement, que se define a sí mismo como “pesimista” y lleva una década viviendo en el Reino Unido, diseñó un modelo para reírse, en realidad, de la soberbia de su propio gremio.
“Esto empezó como un ejercicio para mostrar al mundo la arrogancia de los economistas que creen que pueden pronosticar cosas de las que en realidad no tienen ni idea”, admite.
El primer experimento dio en el blanco: Alemania levantó la Copa del Mundo en Brasil, tal y como anticipaban sus cálculos. Klement pensó que repetir el ejercicio en 2018 desenmascararía la casualidad. Ejecutó de nuevo el modelo… y salió Francia. De nuevo, campeón real y campeón previsto coincidieron.
En 2022, con el Mundial de Qatar, la historia se repitió: el algoritmo señaló a Argentina. Otra vez pleno. Tres torneos, tres aciertos. Y la etiqueta de “gurú” que él mismo había querido ridiculizar empezó a perseguirle.
“Como he acertado tres veces seguidas, ahora la gente piensa que este modelo es imbatible y que, obviamente, también tendré que acertar la próxima vez”, reconoce con una mezcla de ironía y resignación.
País, riqueza, clima… y un 50% de pura suerte
El modelo de Klement no es magia. Se apoya en factores que la literatura futbolística y económica ya ha identificado como relevantes: tamaño de la población, nivel de riqueza del país, clima, posición en el ranking mundial de la FIFA. Variables “sistémicas”, como las llama él, que ayudan a explicar por qué ciertas selecciones llegan siempre más lejos que otras.
Pero ni siquiera el economista más meticuloso se atreve a vender esto como una ciencia exacta. Klement insiste en que sus predicciones deben leerse con escepticismo, por mucho que la estadística le haya sonreído.
“La otra mitad es suerte”, subraya.
Cuando las distancias entre selecciones se acortan, cuando se cruzan equipos de élite con niveles similares de talento y preparación, el modelo se topa con la realidad del césped: “Cada partido depende de la forma del día, de una decisión del árbitro, de un golpe de fortuna en forma de balón al poste o balón que entra. Cosas así son completamente impredecibles”.
Ese 50% incontrolable es, precisamente, lo que mantiene vivo el juego. Y lo que amenaza con romper, en cualquier momento, la racha perfecta del economista.
Holanda, Japón, Escocia, Inglaterra: el mapa del próximo Mundial
Su último trabajo vuelve a colocarle en el centro del debate. En un Mundial ampliado a 48 selecciones, su modelo no solo señala al campeón; dibuja un recorrido completo del torneo.
En la cúspide aparece Países Bajos. Si la Oranje levanta el trofeo en julio, se convertirá en la cuarta campeona consecutiva que cumple la “profecía” estadística de Klement. Sería, también, la confirmación de un modelo que, contra la intención inicial de su creador, se ha convertido en referencia para aficionados, medios… y apostadores.
Entre los cruces, el algoritmo se atreve con un golpe de efecto: una victoria de Japón ante Brasil en octavos de final. Una de esas sorpresas que alimentan mundiales enteros y destrozan quinielas en medio planeta.
Escocia, en cambio, recibe malas noticias: el pronóstico la deja fuera en la fase de grupos. Inglaterra, por su parte, tiene un viaje más largo. El modelo la coloca en semifinales, donde se toparía con un viejo fantasma: Portugal. Dos décadas después de aquella eliminación de 2006, el guion apunta a una nueva caída inglesa ante los lusos. Esta vez, eso sí, sin que Klement se aventure a escribir la palabra que muchos temen en la isla: penaltis.
Entre la oficina y las apuestas
Lo que nació como un juego intelectual se ha convertido en un fenómeno cuatrienal. Cada Mundial, el informe de Klement gana lectores, repercusión y presión. Él lo vive como una especie de refugio personal.
“En particular en 2026, cuando hay tantas crisis, guerras y cosas pasando, es algo que me hace sentir bien y, ojalá, también haga sentir bien a los lectores, dándoles un poco de distracción de todo lo malo que ocurre en el mundo”, explica.
Pero cada acierto añade un ladrillo al muro de expectativas que le rodea. En la oficina, los compañeros ya no se conforman con hablar de inflación o tipos de interés. Preguntan por lesiones, por jugadores concretos, por cómo encaja todo eso en el modelo.
Un ejemplo: la lesión de ligamento cruzado anterior de Xavi Simons, centrocampista neerlandés del Tottenham. La duda recorre los pasillos: ¿cómo afecta la baja de una pieza así a la probabilidad de que Países Bajos salga campeón? Klement se ve obligado a lidiar con cuestiones que su modelo, pensado para grandes tendencias, nunca pretendió abarcar con precisión quirúrgica.
Sus advertencias, sin embargo, no frenan el entusiasmo. “Varios colegas han apostado dinero por Países Bajos después de que publicara la nota”, confiesa.
La broma se vuelve seria cuando piensa en un posible batacazo naranja: “Si Países Bajos queda eliminada del Mundial, creo que al día siguiente tendré que trabajar desde casa”.
El límite de los oráculos
Paul el Pulpo se retiró invicto. El modelo de Joachim Klement, no. Seguirá expuesto cada cuatro años, sometido al azar de un balón que roza el poste o a una bandera levantada un segundo tarde.
El economista que quiso demostrar que los pronósticos son, en buena parte, un acto de soberbia, vive ahora atrapado en su propia paradoja: cuanto más acierta, más le exigen que vuelva a hacerlo.
La próxima vez que el balón eche a rodar, el mundo mirará a las selecciones. Algunos, también, a las hojas de cálculo de Klement. La pregunta ya no es solo quién ganará el Mundial, sino cuánto tiempo más puede sobrevivir un oráculo humano en un juego gobernado, al menos a medias, por la suerte.






