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Scaloni redefine el debate sobre la intensidad en el fútbol

En Dallas, a un día del segundo partido de Argentina en el Grupo J, el ruido no lo genera el rival, sino una frase de Carlo Ancelotti. El técnico italiano, siempre medido, había señalado que la campeona del mundo no se caracteriza por un juego de presión alta y ritmo desbordado. Bastó eso para encender la discusión sobre la “intensidad” del equipo de Lionel Scaloni.

El entrenador argentino, lejos de morder el anzuelo, eligió desarmar la polémica antes de que creciera.

“Lo tomo de buena manera. Habló bien de nosotros, no habló mal. Entendí bien lo que dijo. Como habló un mix de español, italiano y portugués, quizá no quedó del todo claro. Yo lo entendí como un elogio y no como una crítica. Estoy muy seguro de eso”, explicó, con una tranquilidad que contrastó con el debate exterior.

Control antes que vértigo

Scaloni no se quedó solo en la interpretación del mensaje. Aprovechó la ocasión para marcar territorio futbolístico y cuestionar cierta moda táctica instalada en el discurso moderno: la idea de que solo vale el equipo que corre más y presiona más arriba.

Planteó otra mirada. Más cerebral. Menos obsesionada con el sprint y más con la estructura.

Puso el foco en la solidez defensiva, en la inteligencia para atacar y defender las transiciones, en la capacidad de controlar el partido sin necesidad de convertir cada jugada en un ida y vuelta desbocado. Según él, la élite ya se mueve en esa dirección: controlar el caos, especialmente bajo el desgaste de un gran torneo y en condiciones de calor extremo como las de Dallas.

“Hay que ver qué se entiende por intensidad”, continuó. “Cuando no tenés la pelota, tenés que intentar que no te hagan daño. No hay muchos que te presionen alto y hombre a hombre. Los equipos se hacen fuertes en el medio y ahí se está definiendo el partido. Da igual si ganás con tres delanteros o defendés con tres o cinco atrás: lo que importa es la reacción cuando perdés la pelota”.

Ahí, en esa frase, aparece la verdadera vara con la que el técnico quiere que se mida a su selección. No tanto por la imagen de un bloque adelantado asfixiando al rival, sino por la velocidad y la coordinación con la que el equipo responde cada vez que el balón cambia de dueño.

Una campeona que se renueva sin perder hambre

Desde la consagración en Qatar han pasado tres años y medio. El calendario no perdona. Cambian las piernas, cambian las cargas, cambian los nombres. Scaloni lo sabe y no lo esconde: la Argentina que pisa hoy Dallas no es exactamente la misma que levantó la copa, pero sostiene un hilo conductor.

El técnico destacó la aparición y la integración de jóvenes como Nico Paz y Giuliano Simeone, nuevas piezas que amplían el repertorio ofensivo y ofrecen alternativas más directas cuando el partido lo exige. No se trata de una revolución, sino de una actualización silenciosa: retoques en el banco que permiten cambiar el tono del equipo sin alterar su identidad.

“La selección va por el buen camino aunque hayan pasado tres años y medio. No han mostrado señales de levantar el pie del acelerador y por eso están acá. Siempre hay margen de mejora y entendieron muy bien el mensaje”, subrayó.

El otro dato clave, en un fútbol de calendarios saturados: “Es muy difícil que todos lleguen al 100 por ciento por la cantidad de partidos jugados, pero los 26 están disponibles y listos para jugar”. Para un seleccionador, eso vale casi tanto como un gol en el minuto 90.

Un duelo directo por el mando del grupo

El discurso puede ser filosófico, pero el contexto es brutalmente simple: Argentina se juega el liderazgo del Grupo J ante una Austria que llega con tres puntos y buenas sensaciones. Choque directo. Sin red.

Los campeones del mundo también tienen tres unidades y saben que una victoria en Dallas puede dejar casi sentenciado el primer puesto de la zona. No es solo una cuestión de prestigio: terminar arriba suele significar un cruce más amable en el camino a las rondas finales, menos desgaste temprano, más margen para gestionar esfuerzos.

Scaloni, al menos en público, no se distrae con cuentas futuras. Su prioridad declarada es sellar la clasificación cuanto antes. Pero detrás de cada decisión —la altura del bloque, el tipo de presión, el uso de los jóvenes— late la idea de un torneo largo, de administrar piernas sin perder competitividad.

Brasil respira, Ancelotti sonríe

Mientras Argentina afina detalles en Dallas, al otro lado del cuadro Brasil disfruta de un escenario algo más cómodo. El equipo de Ancelotti viene de despachar 3-0 a Haití con autoridad y ya no siente el aliento en la nuca.

Con ese resultado, a los brasileños les alcanza con un empate ante Escocia en la última jornada para asegurarse un lugar en los octavos de final. Una situación que les permite gestionar minutos, dosificar cargas y, de paso, observar de reojo lo que hagan sus potenciales rivales.

El cruce de estilos y miradas entre Ancelotti y Scaloni, por ahora, se juega en las conferencias de prensa y en interpretaciones sobre la “intensidad”. El verdadero examen, el que no admite matices ni traducciones, llegará si ambos caminos vuelven a encontrarse en la cancha. Y ahí ya no habrá debate semántico posible. Solo fútbol.