Thomas Tuchel y su decepción en el himno nacional
Thomas Tuchel salió a la sala de prensa con el gesto duro de quien acaba de vivir un partido grande… y una pequeña gran decepción personal. No tenía que ver con el resultado, ni con el juego, sino con un instante que todo entrenador sueña desde niño: escuchar el himno, mirar a los ojos a sus jugadores y sentir que ese es “su” equipo.
Ese momento, según él, se lo tapó una muralla de cámaras.
“Les tengo que decir algo. Estoy suplicando a FIFA que cambie la posición de los fotógrafos en el himno nacional, porque no pude ver a mi equipo”, lanzó el técnico, visiblemente molesto.
No era una queja menor para Tuchel. Era el tipo de detalle que, en una noche así, marca la diferencia entre vivir el partido o simplemente dirigirlo.
Frente a él, una fila compacta de objetivos, chalecos de prensa y flashes. “Era un momento muy especial, y yo estaba delante de una pared de 50 fotógrafos y no pude ver ni a un solo jugador”, describió. No levantó la voz, pero cada palabra llevaba un filo claro. Ese ritual previo al pitido inicial, casi sagrado para muchos entrenadores, quedó reducido a una experiencia a medias.
“Me arruinó un poco la experiencia. Es muy emocional”, confesó.
No hablaba solo como profesional de élite, sino como aquel joven entrenador que alguna vez miraba la televisión y veía a los grandes técnicos alineados frente a sus equipos, cantando el himno, viviendo cada nota. “Cuando era joven y cuando empecé a entrenar, esto era demasiado grande como para siquiera soñar con una ocasión así”.
Ahí estaba, por fin, en ese escenario que de niño parecía inalcanzable. Pero entre él y su equipo se interpuso algo tan prosaico como una mala organización del espacio en la banda. De ahí su súplica pública a FIFA: no por protocolo, sino por algo mucho más simple y humano. Poder mirar a sus jugadores a los ojos en el momento en que empieza todo.






