Egipto supera a Australia en penaltis: Salah llora de alegría
Egipto estuvo a un suspiro de dejar escapar la noche. Acabó abrazado a su historia.
Bajo el techo y el aire acondicionado de la casa de los Dallas Cowboys, con 70.000 personas rugiendo, la selección de Hossam Hassan necesitó 120 minutos y una tanda de penaltis para derribar a una Australia dura, física, incómoda, que murió a un tiro del larguero.
El golpe temprano que cambió el guion
El plan de Australia saltó por los aires a los 13 minutos. Un centro tenso de Karim Hafez, un desajuste en la marca de Nestory Irankunda y Emam Ashour entrando solo en el segundo palo. Cabeceó abajo, seco, imparable. Segundo gol del torneo para él y 1-0 para los siete veces campeones de África.
Ese tanto, casi contra la inercia del arranque, obligó a los Socceroos a algo que no les resulta natural: proponer con balón. Habían marcado solo dos goles en la fase de grupos. De repente, debían remontar en un escenario gigante, ante una hinchada egipcia que silbaba cada pase australiano.
Y, sin embargo, el primer gran aviso fue oceánico. Cristian Volpato, el chico que cambió Italia por Australia en la víspera del Mundial, sacudió el larguero con menos de cinco minutos jugados. Un disparo que hizo temblar la portería y que, visto el desenlace, pesará en la memoria.
Egipto, que había celebrado en la fase de grupos su primera victoria mundialista al derrotar 3-1 a New Zealand, se mostró frágil atrás. Nervios, dudas en la salida, inseguridad en los duelos. Australia lo olió, pero le faltó colmillo.
Su primera ocasión clara llegó recién a los 35 minutos: Aziz Behich apareció por fuera, pisó área y remató blando a las manos de Mostafa Shoubir, hijo de Ahmed, el guardameta que defendió a Egipto en el Mundial de 1990. Un apellido con historia, una intervención sencilla.
Un primer tiempo áspero… y un golpe para Australia
El partido se hizo áspero. Choques, faltas, interrupciones. Mohamed Salah, con 34 años y arrastrando una lesión en los isquiotibiales, apenas dejó destellos. Estaba, pero no mandaba. Egipto sufría para salir y Australia no encontraba la última decisión.
La primera parte se cerró con otra mala noticia para Tony Popovic: Jordan Bos, uno de los futbolistas más veloces del torneo, acabó tendido tras una dura entrada aérea de Rabia. Cayó mal, se retorció, pidió asistencia. No volvió. Kai Trewin ocupó su lugar al descanso. Un golpe directo a la profundidad australiana.
Australia resucita con un autogol insólito
Nada más arrancar la segunda mitad, Egipto tuvo la opción de matar el duelo. Omar Marmoush, atacante del Manchester City, se plantó en el área y, con todo a favor, cruzó demasiado el disparo. El balón se marchó fuera, increíblemente, con Patrick Beach ya batido. Fue una señal.
Australia, fiel a su físico, empezó a ganar metros a balón parado. Centros, faltas laterales, segundas jugadas. El empate llegó justo por ahí. Un balón colgado envenenado al área egipcia, Hany acosado por la presión y un cabezazo hacia su propia portería. Gol en propia meta. 1-1.
Era el segundo autogol de Mohamed Hany en el torneo. Un mazazo para el lateral, un respiro brutal para unos Socceroos que, de repente, se vieron de nuevo dentro del partido.
Egipto respondió con orgullo. Adelantó líneas, juntó pases, buscó por fin a Salah entre líneas. El exdelantero del Liverpool continuó lejos de su mejor versión, pero intervino en la jugada que obligó a Patrick Beach a lucirse en el tiempo añadido: el portero australiano voló para negar el gol a Ramy y forzar la prórroga.
Ninguna de las dos selecciones había ganado jamás un partido de eliminación directa en un Mundial masculino. El peso de la historia se notaba en cada control, en cada pase horizontal. Nadie quería ser el villano.
Prórroga sin respiro y un destino: los once metros
El tiempo extra tuvo dueño: Egipto. Las piernas australianas comenzaron a pesar, el balón ya no corría igual, las faltas se acumularon. Salah, esta vez sí, se hizo ver. Probó con la derecha desde la frontal y mandó su disparo muy por encima. No era la noche de las jugadas brillantes, era la noche del sufrimiento.
Los minutos se consumieron con Egipto empujando y Australia resistiendo. Sin claridad, sin ocasiones limpias, con la sensación de que ambos equipos caminaban hacia el punto de penalti casi por inercia. Y así fue.
La apuesta de Popovic… y el drama desde el punto fatídico
Tony Popovic tomó una decisión valiente –y arriesgada– justo antes de la tanda. Sacó al portero titular y dio entrada al veterano Mathew Ryan, especialista en penaltis, para jugarse la clasificación en cinco disparos.
El escenario no podía ser más hostil: la portería frente a los aficionados egipcios, un muro de ruido, silbidos constantes. Australia empezó lanzando. Harry Souttar, central, líder, tomó la responsabilidad del primer tiro. Y la mandó por encima del larguero. Un suspiro colectivo. Una losa inmediata.
A partir de ahí, nadie falló en los siguientes cinco lanzamientos. Cada disparo, un pulso. Cada gol, un rugido. Salah, casi invisible durante muchos tramos del encuentro, se plantó en el punto de penalti con una calma heladora y transformó el suyo con una frialdad quirúrgica. Esta vez no tembló.
La presión cambió de bando cuando apareció Lucas Herrington, defensor de apenas 18 años. Una carrera corta, un golpe seco… y el balón que se estrella en el travesaño. El silencio australiano fue tan atronador como el grito egipcio.
Quedaba el último peldaño. Abdelmaguid no dudó. Carrera firme, mirada fija, disparo ajustado. Gol. Egipto, a la siguiente ronda. Salah, en lágrimas, abrazado por sus compañeros. Australia, desplomada sobre el césped, con el corazón roto a pocos centímetros de gloria.
La primera victoria de Egipto en una eliminatoria mundialista ya es un hecho. La pregunta es cuánto más lejos puede llevarles este grupo después de sobrevivir a una noche así, al borde del abismo, con su estrella renqueante y un país entero colgado de cada penalti.





