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La esperanza en el fútbol: dos minutos y 55 segundos de emoción

Rebecca Solnit escribe sobre la esperanza como motor de cambio. Maria Popova la define con precisión quirúrgica: “El pensamiento crítico sin esperanza es cinismo, pero la esperanza sin pensamiento crítico es ingenuidad”. En el fútbol, ese laboratorio emocional a cielo abierto, la frase se encarna cada tres días. Y casi siempre duele.

Graham Burrell lo resumió tras un Lincoln City–Wigan cualquiera, un 2-1 en 2024: “Es la esperanza lo que te mata. Siento que nuestro empujón hacia el playoff murió ayer”. Una tarde gris en Sincil Bank, un puñado de hinchas derrotados, otra variación sobre el mismo lamento.

Y, sin embargo, nada de eso se acerca al terremoto íntimo que provoca ver a Inglaterra desmoronarse ante Argentina. No en la escala de la tragedia humana, claro. En la escala del corazón de un aficionado.

“Es la esperanza lo que te mata”

La autoría de la frase es un misterio. Podría pertenecer a cualquiera, de William Shakespeare a Peter Ustinov. La cultura popular ya la ha hecho suya. Ted Lasso la rebate con optimismo obstinado: no es la esperanza, dice, es la falta de esperanza lo que te remata. Jackson Lamb, en cambio, la retuerce con crueldad lúcida: no es la esperanza lo que te mata, es saber que es la esperanza lo que te mata.

Entre Lasso y Lamb se mueve el hincha inglés. Entre el abrazo y la patada en el trasero. Entre creer y protegerse. Y uno se pregunta, en esos últimos 30 minutos contra Argentina, a quién habría venido mejor tener en el banquillo. Porque lo que sí sabe cualquier aficionado es que la esperanza, en estado puro, paraliza.

Al inicio del partido casi no existe. Manda el miedo. Miedo en la previa, miedo durante la cuenta atrás absurda de 10 segundos, miedo cuando el balón retrocede hacia Jordan Pickford. El pulso se dispara. El cuerpo lo sabe antes que la mente.

Miedo, rabia y miopía

Con el paso de los minutos, el partido se asienta. El corazón, no tanto. Se instala una ansiedad de fondo, un zumbido constante, con picos de rabia cada vez que Giuliano Simeone mete la pierna, protesta, muerde los tobillos. ¿Dónde está la amarilla? ¿Y si los conspiranoicos tienen razón?

Simeone falla una patada a Marc Guéhi y se lanza con la cabeza como un tiburón que muerde aire demasiado lejos de la superficie. Para entonces, cualquier entrada argentina es maldad pura. Cualquier falta inglesa, legítima defensa. Otra pinta de miopía, por favor.

El descanso trae la primera oleada seria de pesimismo. Cuanto más se alarga esto, más probable parece que Argentina lo resuelva. Ellos saben hacerlo. Se dice cosas huecas como “memoria muscular”. Y otras muy certeras: “viejos zorros”.

El gol que lo cambia todo

Luego llega el gol. El centro perfecto. El remate perfecto. Una descarga eléctrica de alegría, alivio y posibilidad. Ahí nace la primera esperanza real. No el optimismo impostado de antes del saque inicial, sino la sensación física de que algo grande puede ocurrir.

Se mezcla con ese pensamiento tan inglés: “Bueno, al menos ahora ellos necesitan dos”. Años y años viendo a la selección enseñan a blindarse incluso en la euforia.

El otro momento de éxtasis puro no es un gol, sino una entrada. Djed Spence, hasta entonces casi indiferente al ruido, como si todo esto no fuera con él, se lanza al suelo y clava el timing. El estadio explota. La celebración recuerda a Giorgio Chiellini y Leonardo Bonucci en una sola figura. “¡Sí, Djed!”, se grita desde los sofás y las gradas.

Es, probablemente, la mejor entrada inglesa desde la de Eric Dier a Sergio Ramos. Y, a diferencia de aquella, esta parecía destinada a convertirse en imagen icónica. En portada de montajes, en estatua de bronce, si el desenlace hubiera sido otro.

La retirada y la tortura

El retroceso ya había empezado antes de la pausa de hidratación. Una línea cada vez más baja, un bloque cada vez más hundido. Muchos lo pensaron en voz alta: “Es demasiado pronto para defender esto”. En el Azteca, con 10 hombres, tenía sentido. Aquí, no tanto.

Incluso si Inglaterra hubiera aguantado, ¿cuántos habrían soportado la tortura? Cada ocasión fallada, cada despeje a ninguna parte, sumaba segundos, pero también latidos. Y con cada minuto que pasaba, con cada intervención de Pickford, la esperanza se colaba por las rendijas.

En el 82, Nico O’Reilly bloquea un pase, corre detrás del balón y vuelve a bloquear. Inglaterra pisa campo contrario, un territorio que ya parece ajeno. “Eso nos ha ahorrado ocho segundos”, se comenta en la cabina, medio en broma, medio en serio. Sesenta segundos después, Lionel Messi levanta un centro que se pierde manso por la línea de fondo. Ahí, justo ahí, se instala el “quizá”. Solo quizá.

El sueño, Nueva York y un saque de puerta

La mente hace entonces lo que mejor sabe: proyectar. Inglaterra en una final de Copa del Mundo. Días de ensueño en Nueva York, programas previos que se escriben solos, columnas sobre la esperanza, pero sobre la otra esperanza, la que se siente ganadora. Un privilegio profesional, sí, pero también emocional.

Saque de puerta para Inglaterra. Marcar un gol es difícil, incluso si tienes a Messi. John Stones se entretiene con unos toques. Pickford golpea largo. O’Reilly gana la disputa y fuerza un saque de banda para Argentina, muy cerca de su propia área.

Guy Mowbray canta: “Ochenta y cuatro minutos en el reloj ahora”. Alan Shearer responde: “No dejo de mirarlo y pensar que va lentísimo”. El tiempo, enemigo íntimo.

Enzo, el disparo y la certeza

Minuto 84 y 24 segundos. Enzo Fernández arma el disparo desde lejos. Pickford la toca por encima del larguero. El balón ya se iba fuera, pero da igual. “Mantén la forma”, se repite como un mantra.

Minuto 84 y 55. Enzo recibe otra vez en la frontal. Tiene demasiado espacio. Demasiado tiempo. Enzo chuta. Enzo marca. Y todos saben, de inmediato, que se ha acabado.

Dos minutos y 55 segundos. Ese fue el lapso exacto en el que la esperanza fue absoluta, limpia, sin cinismo. No mató a nadie. Al contrario: fue un chute de adrenalina, terror y afirmación vital.

Cuando la esperanza basta

Queda la vieja duda: ¿estará uno preparado alguna vez para ver a la selección masculina de Inglaterra ganar algo grande? Tal vez nunca haya que comprobarlo. Tal vez el fútbol siga negando ese momento.

Por ahora, la esperanza, en pequeñas dosis, alcanza. Un mordisco, no el banquete. Si puede ser catalizador de cambio social, si puede ayudar a imaginar mundos nuevos, también puede sostener, por un instante fugaz, la imagen de Adam Wharton levantando la Eurocopa de 2028.

Aunque solo dure lo que un disparo de Enzo tarda en encontrar la escuadra.

La esperanza en el fútbol: dos minutos y 55 segundos de emoción