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Gianni Infantino: del trono al borde del abismo

Gianni Infantino parecía intocable. Sentado junto a Donald Trump en el MetLife Stadium, en la final del Mundial, encarnaba esa etiqueta grandilocuente que el presidente de Estados Unidos le ha colgado: el “King of Football”. El 19 de julio, mientras España y Argentina recibían medallas y trofeo, el presidente de la FIFA caminaba por el césped entre una mezcla de aplausos y abucheos, pero con la sensación de haber ganado la gran batalla.

Era el partido 104, el cierre del Mundial más grande de la historia. Un torneo considerado un éxito casi unánime en lo deportivo y una mina de oro en lo económico. Infantino podía mirar hacia marzo, hacia Rabat, con la tranquilidad de quien se siente a las puertas de una reelección plácida.

Ese momento ya parece de otra era.

El plan que encendió la mecha

En apenas unos días, Infantino ha pasado de hombre fuerte del fútbol mundial a dirigente cuestionado. El motivo: un plan de inversión privada que ha provocado una fractura sin precedentes en la gobernanza del deporte más popular del planeta.

El proyecto giraba en torno a una nueva filial, FIFA Forward Enterprise (FFE), en la que se agruparían los activos más lucrativos de la organización: Mundial, otros torneos, derechos de televisión, patrocinios, venta de entradas y paquetes de hospitalidad. Sobre esa estructura, la FIFA buscaba abrir la puerta a capital privado.

La propuesta era clara: recaudar 4.200 millones de dólares vendiendo alrededor del 20 por ciento de FFE, con una valoración de 20.000 millones. El inversor ancla iba a ser Thrive Eternal, el vehículo creado por Joshua Kushner, hermano de Jared Kushner, yerno de Trump.

El gancho para las 211 federaciones miembro era directo: 20 millones de dólares para cada una, con fecha límite para aceptar el 19 de septiembre. En el ciclo 2023-26, la FIFA ya tiene previsto repartir 10 millones por federación, financiados en gran parte por los 15.000 millones de ingresos récord vinculados al Mundial recién terminado. Con FFE, la cifra se duplicaría de inmediato y seguiría creciendo: 20 millones por federación, luego 22 hasta 2034 y 24 hasta 2038.

Para países como Andorra, Montserrat o Papúa Nueva Guinea, esas cantidades son casi ciencia ficción. Para potencias como Inglaterra, España o Francia, el debate es otro: el control del fútbol y su futuro.

La reacción fue brutal.

Una rebelión global

El plan tocó una fibra sensible: el Mundial. Para muchos, el trofeo más codiciado del fútbol no se negocia, no se trocea, no se empaqueta para fondos de inversión. Es gloria, no un activo financiero. Es patrimonio sentimental de los aficionados, no un producto más en un portfolio.

La oposición se organizó con una rapidez que sorprendió incluso a los veteranos de los pasillos de la FIFA. Vicepresidentes del organismo, altos ejecutivos, todas las federaciones europeas, las confederaciones de Asia y Norteamérica, la asociación mundial de ligas, aficionados de todo el mundo… hasta el primer ministro británico se posicionó en contra.

Prácticamente todo el ecosistema del fútbol levantó la mano.

El golpe más duro llegó desde Europa. UEFA anunció que sus federaciones estaban dispuestas a boicotear todas las competiciones de la FIFA si Infantino no retiraba el proyecto. No era un farol: las selecciones y clubes europeos dominan el Mundial masculino y el Mundial de Clubes, los dos grandes generadores de ingresos del organismo. Sin ellos, el modelo económico de la FIFA se tambalea.

El temor era evidente: si entran fondos privados, exigirán más partidos, más formatos ampliados, más torneos. Más explotación del producto. Eso significa calendarios todavía más saturados, jugadores al límite, y un choque frontal con las competiciones de clubes, incluida la UEFA Champions League. El mercado televisivo y de patrocinio no es infinito; cada partido extra compite por una atención que ya está al máximo.

Al enfado deportivo se sumó el político interno. Muchos dirigentes denunciaron que Infantino había cocinado el plan casi en solitario durante un año, sin consultar a las confederaciones ni a las estructuras clave de la FIFA, mientras multiplicaba sus apariciones públicas junto a Trump. El propio expresidente estadounidense aseguró el viernes que no había hablado con el jefe de la FIFA sobre la idea de vender participaciones del Mundial.

Dentro de la casa, el incendio fue igual de intenso. Carlos Cordeiro, asesor sénior de Infantino y exbanquero de Goldman Sachs, presentó su dimisión y calificó el acuerdo como un mal negocio. Kevin Lamour, director de operaciones de la FIFA, emitió una declaración demoledora defendiendo a sus compañeros y dejando a su presidente expuesto como pocas veces se ha visto en una organización tan hermética.

Infantino recula, pero el daño está hecho

La presión resultó insoportable. El viernes, Infantino se vio obligado a frenar en seco. “Habiendo escuchado cuidadosamente todas las opiniones, ha quedado claro que el proyecto ha creado divisiones de tal naturaleza que, independientemente del nivel de apoyo, ya no responde al objetivo planteado en un principio”, dijo en un comunicado.

El hombre que hace apenas unos días abandonaba Nueva York con cartas de apoyo electoral de alrededor de 200 de las 211 federaciones, ahora ya no sabe con certeza quién sigue en su bando. Esas cartas, que parecían blindar su reelección, se leen hoy con otros ojos.

El proyecto FFE no solo buscaba dinero. También dibujaba una salida de futuro para el propio Infantino. Los estatutos de la FIFA le permiten un mandato más de cuatro años, hasta 2031. La creación de una filial poderosa y semiautónoma abría la puerta a un rol de “comisionado” más allá de esa fecha, con un paquete salarial muy superior a los más de 6 millones de dólares anuales que percibe actualmente entre sueldo y bonus.

Ese diseño, ahora desactivado, alimenta una pregunta incómoda: ¿se trataba de un plan para “modernizar” el fútbol o para blindar el poder de su arquitecto?

Las alianzas, en el aire

La gran incógnita es qué queda del mapa de apoyos que sostuvo a Infantino durante años. África, con 54 votos, ha sido tradicionalmente su gran base. Ante la oferta de dinero “transformador” para muchas de sus federaciones, la reacción fue de cautela, no de entusiasmo abierto. Neutralidad, en el mejor de los casos.

En Sudamérica, CONMEBOL confirmó el viernes que había recibido la propuesta y que la analizaría “con el rigor que exige”. Su presidente, Alejandro Domínguez, también vicepresidente de la FIFA, tiene sus propios intereses: confía en que Infantino amplíe el Mundial 2030 a 64 selecciones. Eso daría más partidos a las coanfitrionas minoritarias —Argentina, Paraguay y Uruguay—, que por ahora solo tienen garantizado un encuentro cada una de los 104 programados. El resto del torneo se disputará en España, Portugal y Marruecos.

En Europa, el bloque que lideró la rebelión ya no oculta sus dudas sobre la continuidad del suizo. En Asia y CONCACAF, donde hay 46 y 35 votos respectivamente, el malestar crece. Ninguna confederación vota en bloque de forma automática, pero una alianza entre Europa, Norteamérica y buena parte de Asia sería una base muy sólida para cualquier aspirante alternativo.

El calendario electoral está marcado: el 18 de noviembre vence el plazo para presentar candidaturas a la presidencia. La votación será el 19 de marzo en Rabat, sede africana de la FIFA. Infantino fue reelegido sin oposición en 2019 en París y en 2023 en Kigali. Ahora, por primera vez, el escenario de una elección realmente disputada parece real.

¿Quién se atreve a desafiar al presidente?

Los nombres empiezan a circular con más fuerza. El presidente de Paris Saint-Germain, Nasser Al-Khelaifi, aparece con frecuencia en las quinielas. También el vicepresidente de la FIFA, el canadiense Victor Montagliani, figura clave en CONCACAF. Desde Bahréin, Sheikh Salman bin Ebrahim Al Khalifa —presidente de la AFC y derrotado por poco por Infantino en las elecciones de 2016— podría considerar un nuevo intento.

Hace apenas una semana, todo esto sonaba a política ficción. El malestar con el estilo de mando de Infantino, sus intentos de forzar proyectos impopulares y su cercanía a ciertos círculos de poder era un murmullo constante, pero sin traducción práctica. El plan de vender una parte del Mundial a inversores privados ha cambiado el tono: del murmullo se ha pasado al desafío abierto.

El número mágico es 106: los votos necesarios para asegurarse la mayoría en una elección disputada. Infantino ha demostrado ser un hábil constructor de alianzas, especialmente en las federaciones pequeñas y medianas, a las que ha seducido con promesas —y cheques— de desarrollo. Pero esta vez no se enfrenta solo a una corriente crítica; se enfrenta a una revuelta que ha tocado el corazón simbólico del fútbol.

La resistencia ha frenado la venta del Mundial. Lo que está por ver es si también ha detenido la era Infantino o si el “King of Football” todavía tiene una jugada más que ofrecer antes de que el silbato final suene sobre su mandato.

Gianni Infantino: del trono al borde del abismo