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Lamine Yamal brilla y España avanza a la final del Mundial 2026

Lamine Yamal no esperó ni a que bajara el pulso del vestuario. Con el eco de los cánticos todavía rebotando en las paredes del AT&T Stadium de Arlington, el joven que ha electrizado el Mundial lanzó su mensaje al mundo desde el móvil: “nuevayol vamos por ti”. Traducido: Nueva York ya sabe quién llega a por el título.

España está en la final del Mundial 2026. Otra vez. Y esta vez con un adolescente como estandarte de una generación que ha devuelto a la selección al escenario donde solo pisan los gigantes.

Un adolescente que rompe el guion

Lamine Yamal, 19 años, volvió a elegir el mejor escaparate posible para firmar una actuación decisiva. No fue solo brillo. Fue colmillo. Fue peso competitivo.

Luis de la Fuente alineó de inicio a dos adolescentes, Yamal y Pau Cubarsí, ante Francia. Un dato que entra directo en los libros: nunca antes en la historia de los Mundiales un equipo había presentado dos titulares menores de 20 años en una semifinal. España lo hizo… y ganó con autoridad.

El partido cambió de tono en el minuto 22. Yamal olió la sangre en un balón dividido con Lucas Digne, le robó la cartera con una mezcla de inteligencia y agresividad y se metió en el área. Digne lo derribó. Penalti. Sin temblar, Mikel Oyarzabal asumió la responsabilidad y cruzó el disparo, frío, clínico, para abrir el marcador.

Desde ahí, el duelo se jugó al ritmo que quiso España. Francia, con Kylian Mbappé y Aurélien Tchouameni como principales argumentos ofensivos, apenas encontró resquicios. La Roja se adueñó de la pelota, bajó revoluciones cuando le convenía y aceleró cuando olió debilidad. Un control maduro, de equipo que se sabe candidato real, no aspirante simpático.

La sentencia llegó tras el descanso. Pedro Porro se incorporó con decisión, encontró a Dani Olmo en una pared rápida y, tras la devolución, el lateral ajustó un disparo seco al palo más lejano. Otro gesto de calma en medio del ruido: 2-0 y Francia tocada.

Yamal llegó a celebrar lo que parecía el tercer gol, rematando una noche redonda, pero el fuera de juego, milimétrico, apagó el festejo. Ni eso alteró el plan. Francia empujó por orgullo, Mbappé probó desde fuera, Tchouameni lo intentó con llegadas desde segunda línea, pero la zaga española, con Cubarsí firmando un partido de veterano, blindó la portería.

Seis porterías a cero en siete partidos de Mundial. Ese es el dato que acompaña ahora a una España que, durante años, fue acusada de preciosista pero frágil. Aquí no hay fragilidad: hay estructura, oficio y una defensa que sostiene el talento de arriba.

Fiesta en el vestuario y una selección completa

Cuando el árbitro señaló el final, la celebración se desató sin filtros. El vestuario de España se convirtió en una pequeña discoteca improvisada. El perfil oficial de la selección compartió imágenes de los jugadores cantando, bailando, dejándose llevar por el momento y recordando que, más allá de la pizarra, este grupo tiene algo tan intangible como imprescindible: alma.

“Gritos, bailes, celebración…”, escribía la cuenta de la selección al invitar a los aficionados a “entrar” al vestuario. No era una puesta en escena forzada; era la liberación de un equipo que ha ido creciendo partido a partido hasta convertirse en un bloque casi impenetrable.

En las primeras rondas, España había llamado la atención por su pegada, por la frescura de sus jóvenes y la inspiración de sus atacantes. Ante Francia mostró otra cara: la de un equipo que sabe sufrir poco porque defiende bien, que elige el momento para golpear y que no se descompone cuando el rival sube la apuesta.

Oyarzabal, mientras tanto, sigue escribiendo su propia historia con la camiseta de la selección. El penalti ante Francia fue su 18º gol en los últimos 20 partidos con España. Números de delantero de élite absoluta. Con su tanto, se ha convertido además en el sexto jugador en alcanzar los 30 goles con la absoluta, una marca que lo instala en la zona noble de la historia goleadora del país.

Un paso de la eternidad… otra vez

La final se jugará en el New York-New Jersey Stadium, el domingo. Allí esperará el ganador del duelo entre Argentina, vigente campeona, e Inglaterra, otro coloso que sueña con romper su propio techo. Da igual quién pase: España sabe que se medirá a un gigante.

Para La Roja, la cita es una oportunidad de oro: conquistar su segundo Mundial y cerrar un círculo que comenzó en Sudáfrica 2010, cuando Andrés Iniesta firmó aquel gol eterno ante Países Bajos en la prórroga. Desde entonces, la selección había vivido más sombras que luces en los grandes torneos. Hasta este verano.

Ahora, con un vestuario que mezcla experiencia y descaro, con Yamal lanzando mensajes a Nueva York y con una defensa que intimida tanto como su ataque ilusiona, España se asoma a otra noche que puede cambiar su historia.

La misión ya está marcada en el móvil del chico que juega como si llevara una década en la élite: “nuevayol vamos por ti”. La pregunta ya no es si están preparados para la final. La cuestión es quién se atreve a discutirle a esta España que el título no es, de nuevo, su destino.

Lamine Yamal brilla y España avanza a la final del Mundial 2026