El verano en que Gerrard casi dejó Liverpool
La imagen es eterna: Steven Gerrard levantando la Copa de Europa en Estambul, después de liderar una remontada imposible ante el AC Milan. El capitán de Liverpool en la cima del mundo, el club de su vida de nuevo en el trono de Europa. “La mejor noche de mi vida”, la define él mismo.
Y, sin embargo, apenas dos meses después, anunció que se marchaba de Anfield.
El documental de Netflix sobre aquella gesta en Estambul abre una puerta que durante años solo se había entornado: el estado mental de Gerrard en ese verano de 2005, su conflicto con Rafael Benítez y la seducción de las grandes potencias europeas. El héroe de la final, confiesa, estaba “en un lugar muy malo”, con la cabeza “como una caja de ranas”.
El capitán en guerra con su propia cabeza
En mayo de 2005, Gerrard capitaneó a Liverpool en una de las noches más célebres de la historia del club. De un 0-3 al descanso ante el AC Milan a un triunfo por penaltis para conquistar la quinta Copa de Europa. Una noche que, en teoría, debía sellar su compromiso definitivo con Anfield.
El contexto no podía ser más tentador para que aparecieran otros pretendientes. Real Madrid llamaba a la puerta. Chelsea, vigente campeón de la Premier League con José Mourinho al mando, empujaba con fuerza. Y el propio Gerrard reconoce lo difícil que fue abstraerse.
“Mourinho estaba al teléfono, el mejor entrenador del mundo en ese momento, ofreciendo contratos disparatados, que naturalmente te hacen girar la cabeza. Chelsea gastaba fortunas, allí el éxito estaba garantizado”, admite el ex capitán.
Ese tirón económico y deportivo chocaba con algo que para él siempre había sido sagrado: su vínculo con Liverpool. “No podía aparcar mi relación con Liverpool. Cuando llegaron, no sabía hacia dónde tirar. Mentalmente estaba en un mal lugar. Mi cabeza era como una caja de ranas”.
Y, en medio de ese torbellino, la figura de Benítez no actuó como refugio.
Frialdad en el banquillo, fuego en el césped
Gerrard no se anduvo con rodeos al describir cómo le afectó el trato de su entonces entrenador. “Sentía que no me valoraba, que no confiaba en mí, que no me quería”, explica a sus 45 años.
Siempre se había declarado “jugador de Liverpool y solo de Liverpool”. Pero aquella mezcla de dudas, frialdad y la sensación de que el equipo no podía competir en la cima abrió una grieta peligrosa. “Con esa duda, con esa frialdad y siendo parte de un equipo en el que no crees que puedas competir arriba, es cuando te hacen dudar”.
Jamie Carragher, compañero de generación y voz autorizada del vestuario, lo ve con claridad: “Probablemente necesitaba un brazo por encima del hombro”. No lo tuvo. “Rafa Benítez nunca iba a hacer eso. Es muy poco emocional”, apunta el ahora analista de Sky Sports.
El documental recoge un patrón que varios ex jugadores comparten: un técnico obsesionado con el detalle táctico, con la crítica constante, con el control milimétrico de cada movimiento. Un estilo que chocaba frontalmente con el ADN de Gerrard.
“Mi juego era emoción, pasión, deseo, compromiso, por el escudo, por el pájaro, por la familia”, resume. “Lo llevaba dentro y sentía que él quería remodelarme por completo. Nada le satisfacía”.
El choque de culturas: emoción contra cálculo
Benítez, hoy con 66 años, defiende su método sin titubeos. “Cuando llegué a Liverpool, había una cultura basada en la emoción. El fútbol exige más que eso. Si eres realmente emocional, no encuentras el camino hacia el éxito”, sostiene en el documental.
Es el choque de dos mundos. De un lado, el capitán que se alimenta de la grada, del ruido, de la épica. Del otro, el estratega que intenta aislar el juego del corazón para someterlo a la pizarra.
Con el paso del tiempo, el propio Gerrard ha matizado su visión. La distancia le permite valorar lo que entonces le quemaba. “Miro atrás y pienso que Rafa es el mejor entrenador con el que he trabajado”, admite ahora.
La herida se cerró. Pero en aquel verano de 2005, la tensión entre ambos estuvo a punto de romper una relación que parecía indestructible. Y no era la primera vez que un producto de la academia de Liverpool se sentía empujado hacia la puerta de salida.
El precedente de Owen: otra joya que se fue
Un año antes del culebrón Gerrard, el futuro de otro canterano había monopolizado los titulares. Michael Owen, Balón de Oro en 2001, también había salido de la academia de Liverpool y también se había desencantado con la vida en Anfield.
La destitución de Gérard Houllier en el verano de 2004, tras acabar a 30 puntos del campeón Arsenal, abrió un nuevo capítulo en el club. La llegada de Benítez trajo consigo una misión urgente: convencer a sus dos estrellas, Gerrard y Owen, de que se quedaran.
El técnico español voló a Portugal para reunirse con ellos y con Carragher, concentrados con la selección de Inglaterra en la Eurocopa. No fue, precisamente, una operación de seducción al uso.
“Se puso conmigo en plan táctico”, recuerda Gerrard. “‘No quiero esto, no quiero lo otro. No puedes jugar en este equipo si no confiamos en ti’. Fue intenso. Y yo pensaba para mis adentros: ‘Te garantizo que me necesitarás tú a mí antes que yo a ti’”.
Owen tampoco salió convencido. Carragher rememora cómo Benítez le dijo al delantero, famoso por su velocidad de giro, que debía “aprender a girarse más rápido con el balón”.
“Eso era exactamente en lo que probablemente era el mejor del mundo en ese momento”, replica Owen, hoy con 46 años. “Desde luego no hizo nada por convencerme de que me quedara, digámoslo así”.
En agosto de 2004, Owen firmó por Real Madrid por 8 millones de libras. Una salida que dejó una cicatriz en la afición y un aviso sobre el estilo de Benítez.
El técnico, sin embargo, ofrece otra lectura de aquel encuentro en Portugal. “Cuando hablas con alguien, ves si está contento con la conversación”, asegura. “Creo que estaban bastante contentos”.
Entre Estambul y la encrucijada
Esa es la paradoja que recorre el documental: el entrenador que llevó a Liverpool a la gloria europea, pero cuya frialdad casi provoca la marcha del capitán que simbolizaba al club. El héroe de Estambul, a un paso de vestir de azul en Stamford Bridge, con Mourinho al otro lado de la línea telefónica y un contrato millonario sobre la mesa.
Gerrard se quedó. Owen no. Uno eligió seguir luchando con la cabeza “como una caja de ranas”; el otro decidió que ya no veía su futuro en Anfield.
Entre ambos casos se dibuja la línea fina que separa la exigencia de la desconexión. Y la pregunta que sobrevuela, casi veinte años después, es inevitable: ¿hasta dónde puede tensarse la cuerda entre la emoción de una leyenda del club y el hielo de un entrenador obsesionado con ganar?






