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Zidane vuelve a un Mundial: Luca Zidane en la portería de Argelia

El apellido Zidane vuelve a un Mundial: esta vez, bajo los palos de Argelia

Cuando el nombre Zidane apareció en la espalda del guardameta de Argelia en el debut mundialista ante Argentina, el estadio entero pareció viajar en el tiempo. No era nostalgia gratuita: para varias generaciones, ese apellido está cosido a la historia reciente de los Mundiales, a la imagen de una copa levantada en 1998 y a otra final en 2006.

Pero esta vez no se trataba de Zinedine. Era su hijo, Luca Zidane, dueño del arco argelino, plantado frente al campeón del mundo y protegido por una máscara negra que lo hacía aún más imposible de ignorar.

De los pasillos de Real Madrid a la portería de Argelia

Nacido en Francia y criado en buena parte en España, mientras su padre construía una carrera legendaria como jugador y entrenador en Real Madrid, Luca Zidane tomó un camino propio. A sus 28 años, eligió vestir de verde por sus raíces paternas: los padres de Zinedine Zidane son argelinos, y esa identidad, en casa, nunca fue un detalle secundario.

“Vivimos en una cultura argelina desde que somos pequeños. Es un honor jugar para Argelia”, explicó en una entrevista anterior. No fue una frase de compromiso. Su decisión le abrió la puerta a lo que todos persiguen desde niños: escuchar el himno en un Mundial, sentir el peso del torneo más grande del planeta.

El estreno, sin embargo, no tuvo nada de amable. Enfrente estaba Argentina, defensora del título, liderada por un Lionel Messi desatado que firmó un triplete en la victoria por 3-0. Una tarde durísima para cualquier portero. Mucho más cuando se apellida Zidane y cada gesto se mira con lupa.

Una máscara negra y un regreso contra reloj

La imagen de Luca bajo el arco, con una máscara negra cubriéndole el rostro, se convirtió en uno de los grandes focos del partido. No era un accesorio estético. Era la consecuencia de un golpe brutal.

En abril, en un partido de la liga española con Granada, el guardameta sufrió una fractura de mandíbula, lesiones en el mentón y una fuerte conmoción cerebral tras un choque en el área. Su presencia en el Mundial quedó, de inmediato, en el aire. Había dudas, plazos médicos, prudencia.

El reloj corría en su contra. Pero se recuperó a tiempo. No solo para entrar en la lista, sino para adueñarse del dorsal número uno y asumir el rol de titular en el regreso de Argelia al mayor escaparate del fútbol.

La máscara, lejos de esconderlo, lo subrayó. Cada intervención, cada saque de puerta, cada gesto de mando en el área llegaba acompañado por esa silueta inconfundible, mitad guardián, mitad gladiador moderno.

El peso de un apellido, la fuerza de otra camiseta

Para muchos aficionados, ver de nuevo el apellido Zidane en un Mundial fue un golpe directo a la memoria. Imposible no pensar en aquella noche de 1998, en los goles de cabeza a Brasil, en la figura de Zinedine levantando la copa. Imposible no recordar también la final de 2006, el penalti a lo “Panenka”, el cabezazo, la expulsión, el adiós.

Dos décadas después, el apellido regresa, pero en otro rol y bajo otros colores. Ya no dirige el juego desde la media cancha de Francia. Ahora protege el arco de Argelia, la selección de los orígenes familiares, la que siempre estuvo presente en las comidas, en las historias, en la cultura de casa.

El escenario es el mismo: un Mundial. El apellido, el mismo: Zidane. La historia, en cambio, empieza a escribirse desde un lugar distinto. Y lo hace detrás de una máscara negra, frente al campeón del mundo, con el eco de un legado inmenso y el desafío de construir uno nuevo.